En la oficina del presidente de Grupo Central, Héctor hablaba por celular con Sofía.
Aquella mañana, Sofía había comenzado a sentirse mal de repente.
—¿Mamá te llamó?
La dulce vocecita de Sofía llegó desde el otro lado de la línea:
—Mamá está recibiendo tratamiento, por eso no me ha llamado. Cuando me sienta bien, iré a verla. No quiero que se preocupe por mí.
El rostro de Héctor reflejó lo mucho que le dolía verla así, mientras una sombra oscura cruzaba por el fondo de sus ojos.
—Eres una niña muy buena.
Celeste tomó el celular y habló un rato con Héctor.
Cuando él estaba a punto de colgar, ella salió de la habitación y no pudo evitar decir:
—Una mujer como Julieta no merece todo lo que haces por ella. Si de verdad quisiera a Sofía, ¿cómo no se da cuenta de lo mucho que Sofía desea verlos juntos? ¿Cómo puede seguir tan indiferente? ¿No debería esforzarse por llevarse bien contigo y darle a su hija un hogar estable?
Héctor no la interrumpió.
Celeste se enfurecía cada vez más conforme hablaba.
—Yo creo que sabe perfectamente que vas a ceder por Sofía. Solo quiere manipularte y vengarse de ti. Con una mujer tan egoísta y malintencionada, mientras más cedas, más se va a aprovechar de ti. Aunque no te divorcies, a ella no le importan ni tú ni Sofía. Nunca va a pensar en cuidar de su familia, y Sofía jamás podrá sentirse segura.
Héctor apretó el celular entre los dedos.
—Mamá, cuida bien de Sofía.
Al fin y al cabo, Héctor era su hijo.
Celeste percibió que su tono era distinto al de antes, lo que significaba que no había ignorado por completo sus palabras.
Aliviada, respondió:
—Yo cuidaré bien de Sofía, no te preocupes. Tú piensa con calma en lo que te dije.
—De acuerdo.
Después de colgar, Héctor dejó el celular sobre el escritorio.
Su atractivo rostro permaneció sombrío e impenetrable.
Nadie habría podido adivinar qué estaba pensando.
El celular volvió a sonar.
Héctor lo tomó y, al ver quién llamaba, contestó:
—¿Bueno?
Al escuchar su voz carente de emoción, Julieta apretó un poco más el celular.

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