Los ojos de Héctor se oscurecieron.
—¿Quién te dijo que quiero divorciarme?
Celeste se quedó desconcertada y lo miró.
—¿De verdad piensas seguir así con ella?
Él no respondió. Su expresión no cambió y su voz adquirió un tono especialmente grave.
—Primero contesta mi pregunta.
Celeste soltó el aire.
—Eres mi hijo. ¿Acaso crees que no te conozco?
Si le mostraba el convenio de divorcio en ese momento, Héctor terminaría descubriendo que Teresa se lo había entregado y ella también se vería involucrada.
Por eso, al final decidió no decir nada.
La expresión sombría de Héctor era imposible de descifrar. Celeste no sabía si le había creído o no.
Apartó la mirada, incapaz de seguir sosteniendo la suya, y suspiró.
—Tuve suerte de no acabar en el hospital después del coraje que me hizo pasar hoy. Jamás nadie se había atrevido a faltarme al respeto de esa manera. Lo que hizo no fue solo una humillación para mí, sino también para ti y para toda la familia.
—Si ustedes no hubieran hecho algo, ella no habría venido a buscarte.
Al escuchar que Héctor defendía a Julieta, Celeste sintió todavía más coraje y amargura.
Lo miró.
—¿Viniste a reclamarme para defenderla? Tu padre y yo solo te tenemos a ti. Lo único que queremos es que estés bien y que Julieta no termine haciéndote daño. Hoy casi me lanza algo a la cabeza. No haberle hecho nada después de todo lo que hizo ya fue bastante consideración de mi parte.
Celeste se alteraba cada vez más conforme hablaba.
Después volvió el rostro y sus ojos comenzaron a enrojecerse.
Al verla, una empleada se apresuró a intervenir:
—Señor Héctor, la señora Celeste se mareó y sintió dolor en el pecho por el coraje. Tuvimos que llamar a un médico para que viniera a revisarla y le recetara medicamentos. Apenas hace poco logró estabilizarse.
En ese momento, se abrió la puerta.
La empleada saludó:

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