Julieta tomó el libro de sus manos.
Durante sus años de estudiante lo había leído tantas veces que ya ni siquiera podía contarlas.
Lo abrió en una página cualquiera.
Héctor regresó al escritorio y continuó trabajando.
El estudio quedó sumido en el silencio.
Después de terminar uno de sus pendientes, Héctor levantó la mirada hacia Julieta, que seguía sentada en el sofá, leyendo con atención.
Estaba tan concentrada que ni siquiera notó que él la observaba.
Héctor apartó la vista.
Una hora y media después, Héctor ya había terminado la mayor parte del trabajo.
Se masajeó el entrecejo y miró hacia Julieta, quien seguía pasando las páginas, completamente absorta en la lectura.
Héctor caminó hasta ella, pero Julieta ni siquiera se dio cuenta de su presencia.
Solo reaccionó cuando él le quitó el libro de las manos y levantó la mirada hacia el hombre que tenía enfrente.
Héctor preguntó en tono burlón:
—Vaya, sí que te gusta estudiar.
—Devuélveme el libro.
Héctor revisó en qué página iba y colocó el separador.
—Continúas mañana. Ya es hora de descansar.
—No tengo sueño.
—Entonces léelo acostada.
Julieta se puso de pie, le quitó el libro de las manos y salió del estudio.
Como Héctor todavía tenía trabajo pendiente, no la siguió.
Se limitó a observarla mientras se alejaba.
Cuando terminó, ya era medianoche.
Al volver a la recámara, encontró a Julieta recargada contra la cabecera, todavía leyendo.
Se acercó y le quitó el libro.
—Ya es muy tarde. Acuéstate a dormir.
—No podré dormir hasta que lo termine.
Héctor miró el libro. Apenas iba en la página cuarenta y ocho.
—Mañana tienes que llevar a Sofía al kínder. No te desveles, no vaya a ser que mañana no puedas levantarte.

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