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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 810

Después de que Sofía se quedó dormida, Héctor la llevó a la recámara principal.

Luego bajó y encontró a Julieta sentada en el sofá, mirando la televisión.

Aunque tenía los ojos fijos en la pantalla, era imposible saber si realmente estaba prestando atención.

Héctor se acercó, se sentó a su lado y la rodeó con naturalidad entre sus brazos.

Después tomó su mano y la envolvió con la suya.

Los dos permanecieron así, en silencio, sin decir una sola palabra.

Hasta que terminó el episodio de la serie.

Héctor miró a Julieta, que seguía inmóvil entre sus brazos.

Sus ojos parecían perdidos, fijos en algún punto indefinido.

Le apretó un poco la mano y bajó la mirada hacia ella.

—¿En qué estás pensando?

Después de un largo rato, Julieta habló lentamente:

—Héctor, ¿dónde está Brenda?

No la había visto desde que regresó.

—La mandé de regreso a San Aurelio.

Julieta no hizo más preguntas y el silencio volvió a instalarse entre ellos.

No supo cuánto tiempo había pasado antes de volver a hablar:

—Ya puse mi huella digital en el convenio de divorcio.

Su voz no reveló la menor emoción. Era como agua estancada, sin una sola ondulación.

La mano de Héctor se tensó alrededor de la suya.

—¿Por qué estampaste tu huella en lugar de firmar?

—No hay ninguna diferencia. Tampoco necesito la compensación que estableciste.

Afuera, el viento soplaba con fuerza.

La sala permanecía en silencio y completamente iluminada.

Héctor inclinó la cabeza, bloqueando parte de la luz.

Una tenue sombra cayó sobre su rostro y acentuó su perfil perfecto.

La voz de Julieta reflejaba un profundo agotamiento.

—Pero de verdad estoy cansada.

Mientras hablaba, una lágrima se deslizó sin que se diera cuenta por su mejilla.

Héctor levantó la mano y se la secó con suavidad.

—Entonces concéntrate en recuperarte. Al menos espera a estar bien antes de volver a hablar de esto. La empresa de Rafael no tendrá ningún problema.

Julieta guardó silencio y ya no dijo nada.

En la amplia sala, el sonido de la televisión se escuchaba con especial claridad.

Héctor permaneció abrazándola en silencio.

El tiempo transcurrió lentamente.

Después de un rato, la levantó en brazos y la llevó de regreso a la recámara.

Sin embargo, Julieta estaba completamente despierta y no tenía nada de sueño.

Héctor sacó un libro del estante y se lo tendió.

—Lee un rato. Si este libro no te interesa, busca otro. Yo voy a adelantar un poco de trabajo.

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