Después de que Héctor entró, los cuatro también pasaron al restaurante.
Mariana apoyaba por completo la decisión de Julieta de irse a Sombrales.
Cuando una persona pasa demasiado tiempo sin nada que hacer, es fácil que vuelva una y otra vez a los recuerdos dolorosos.
Cambiar de ambiente y retomar el trabajo, en cambio, podría ayudarla mucho más a recuperarse.
Sebastián le dijo a Julieta:
—Pase lo que pase, siempre vamos a estar de tu lado. No tengas miedo. Haz lo que quieras hacer. Y si de plano te sientes muy mal, hasta puedo servirte de costal de box para que te desahogues.
Julieta no pudo evitar reírse.
—Gracias.
Chocó su vaso con el de Sebastián, aunque el suyo solo contenía jugo.
Al principio había querido tomar alcohol, pero Carlos se lo impidió.
Mariana no pudo evitar burlarse:
—¿Con ese cuerpecito quieres servirle de costal de box a Julieta? Te tumba de un solo golpe.
Sebastián la miró con indignación.
—¿Y ese comentario qué? Estos abdominales no son de adorno. A lo mejor hasta estoy en mejor forma que Carlos.
Mariana puso los ojos en blanco y miró a Carlos.
—¿No escuchaste que alguien te está menospreciando?
Carlos sonrió con calma.
—No soy tan mezquino. No me importa dejar que presuma un poco.
Mariana sonrió y arqueó una ceja hacia Sebastián.
—Carlos es muy seguro de sí mismo.
Sebastián soltó una risa desdeñosa y miró a Carlos.
—Luego tú y yo nos medimos, ¿qué dices?
El ambiente en el reservado era especialmente animado y agradable.
El reservado de Héctor se encontraba justo en diagonal frente al de ellos.
Cuando un mesero pasó empujando un carrito de servicio, la puerta del reservado de enfrente se abrió y Héctor escuchó con claridad las risas que venían del interior.
Después del almuerzo, Julieta regresó a Cumbres del Valle.
Al verla llegar, Jimena la examinó de arriba abajo, se acercó y le tomó la mano.
—Ya regresaste.
De pronto, Julieta la abrazó.
Jimena se quedó sorprendida por un instante. Después le devolvió el abrazo y le dio suaves palmadas en la espalda.

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