Al día siguiente era fin de semana.
Julieta terminó de arreglarse y, al abrir la puerta para salir, vio a Jairo recargado contra la pared.
Quién sabía cuánto tiempo llevaba esperándola.
Al verla, Jairo sonrió y levantó una mano a modo de saludo.
—Buenos días.
El tono con el que habló hizo que Julieta frunciera ligeramente el ceño.
Jairo fingió no darse cuenta.
—Vamos. Si salimos ahora, llegaremos con tiempo.
Julieta lo miró durante unos instantes, apartó la vista y no dijo nada.
Al final, terminó subiendo a su carro.
La boda se celebraría en una hacienda a las afueras de la ciudad, a aproximadamente una hora de camino.
Ya habían preparado el regalo con anticipación, así que no necesitaban detenerse a comprar nada.
Durante todo el trayecto, Julieta permaneció mirando por la ventanilla.
Jairo intentaba conversar con ella de vez en cuando.
Aunque ella se mostraba fría, él no se desanimaba.
En el camino, Julieta recibió una llamada de Mariana.
—Es fin de semana. ¿A dónde vas a salir hoy?
—Voy a una boda.
—¿Vas sola?
Julieta hizo una breve pausa.
—Voy con alguien más.
Mariana comprendió de inmediato y bajó la voz.
—¿Están juntos ahora?
—Sí.
Mariana no hizo más preguntas.
—Este miércoles, Carlos y yo iremos a Sombrales. Él va a supervisar el trabajo y yo voy más que nada para hacerte compañía, para que no te aburras estando sola.
Julieta sonrió.
—Me parece bien.
Después de terminar la llamada, dejó el celular.

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