—Come más despacio —dijo Héctor.
Julieta lo ignoró.
Al verla concentrada únicamente en la comida, Héctor de pronto le rodeó la cintura con un brazo.
Julieta se detuvo por un instante y escuchó su voz grave:
—Anoche se me pasó un poco la mano. Después de todo, ya habían pasado más de dos semanas desde la última vez que lo hicimos.
La mano de Julieta, que sostenía el tenedor, se quedó inmóvil unos segundos, pero al final no dijo nada.
Después de comer, se levantó para ir a cambiarse de ropa.
Sin embargo, apenas dio un paso, las piernas le fallaron de repente.
Se quedó quieta y frunció el ceño.
Héctor la miró, la tomó de la mano y la hizo sentarse de nuevo.
—No hay prisa. Descansa un rato. En un momento van a traerte una pomada.
Julieta lo fulminó con la mirada.
Él solo sonrió.
En ese momento sonó el timbre.
Héctor se levantó y fue a abrir la puerta.
Uno de los encargados de la suite había llevado la pomada.
Con una actitud profesional y cortés, se la entregó a Héctor.
Él cerró la puerta, cargó a Julieta y la llevó de regreso a la habitación.
—¿Te la pones tú o quieres que te ayude?
Julieta le arrebató la pomada de la mano.
—Yo puedo. Salte.
Héctor la miró y sonrió.
—Entonces descansa un rato. Voy por Sofía. Hoy ya no vamos a salir.
Se cambió de ropa, se arregló rápidamente y se dirigió al hospital.
***
El médico acababa de terminar de revisar a Sofía y confirmó que ya no tenía ningún problema importante y que podía salir del hospital para seguir recuperándose en casa.
—¿Y mamá? —preguntó Sofía.
—Está en el hotel. Vamos a verla.
—Sí.
Sofía extendió los brazos para que Héctor la cargara.
Él la levantó y luego miró a Celeste.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera)