Héctor apretó un poco más la mano de Julieta y la miró.
—Ya que tomaste una decisión, deja de atormentarte.
Julieta apartó la mirada sin responder.
Cuando Sofía despertó y se enteró de que iban a celebrar su boda, su ánimo cambió por completo.
Un momento antes estaba triste porque tendría que separarse nuevamente de ellos, pero al escuchar las palabras de Héctor, sus ojos se iluminaron de inmediato.
—¿Papá y mamá van a tener una boda? —preguntó emocionada.
Héctor le acarició la cabeza.
—¿Estás contenta?
Sofía sonrió tanto que los ojos casi se le cerraron.
—¡Sí!
Luego miró a Julieta con una sonrisa radiante.
Al verla tan feliz, Julieta también sonrió.
De pronto, Sofía volteó hacia Héctor.
—Si tú y mamá se van a casar, ¿ya le pediste matrimonio?
Héctor hizo una pausa.
—Cuando termine con el trabajo y regrese, voy a preparar todo.
—Entonces tienes que terminar rápido.
Héctor sonrió.
—¿Y tú quieres ser nuestra damita en la boda?
—¡Claro que sí!
Sofía estaba tan emocionada que no podía quedarse quieta.
Primero besó a Julieta y luego a Héctor.
Al saber que por fin ya no tendrían que separarse, dijo:
—Quiero estar con ustedes para siempre.
En ese momento, Julieta pudo sentir que Sofía era realmente feliz.
Había desaparecido aquella cautela con la que últimamente medía cada palabra y cada emoción.
El personal de la suite ya había preparado el desayuno.
Como Sofía estaba de muy buen humor, incluso comió varios panecitos más de lo habitual.
Julieta le quitó de la mano el que todavía no terminaba.
—Si ya estás llena, no comas más.
Sofía hizo un puchero y levantó la carita para que Julieta le limpiara la boca.
Julieta sonrió, tomó una servilleta y le limpió las comisuras.
Después del desayuno, Héctor recibió una llamada de Celeste.
Ya había llegado al hotel y estaba esperándolos abajo.
Cuando Héctor colgó, Sofía preguntó:
—¿Ya llegó la abuela?

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