Julieta estaba a punto de tocar cuando la puerta se abrió desde adentro.
Su mano quedó suspendida en el aire y levantó la mirada hacia Héctor.
La expresión seria de él se suavizó un poco.
—¿Por qué sigues despierta?
Julieta bajó la mano.
—Tengo que hablar contigo.
—Ahora debo ocuparme de un asunto. Hablaremos cuando regrese. Tú ve a descansar.
Héctor le puso una mano en el hombro, se inclinó para besarla en la frente y se marchó apresuradamente.
Julieta permaneció unos instantes en el mismo lugar antes de regresar a la recámara.
A la mañana siguiente, cuando despertó, no había nadie a su lado.
Era evidente que Héctor no había regresado en toda la noche.
Se levantó, se aseó, se arregló y desayunó.
Mientras preparaba su equipaje, abrió el bolso para comprobar que llevara su identificación y el pasaporte.
Fue entonces cuando descubrió que todos sus documentos habían desaparecido.
No necesitaba pensarlo demasiado para saber quién se los había llevado.
Llamó a Héctor.
Él contestó casi de inmediato y su voz cansada y ronca se escuchó al otro lado de la línea:
—¿Qué pasa?
Al notar su tono, Julieta preguntó:
—¿Tú tienes mis documentos?
Héctor no lo negó.
—Sí. Cuando termine de resolver los asuntos de aquí, regresaremos juntos. Será una semana como máximo.
Julieta apretó el celular.
Desde el principio había sospechado que, después de tomarse tantas molestias para engañarla y hacerla viajar hasta allá, Héctor no la dejaría marcharse con facilidad.
Sin embargo, no esperaba que llegara al extremo de quedarse con sus documentos.
Apenas iba a hablar cuando él la interrumpió con voz tranquila:
—Todavía estoy en una reunión. Hablaremos cuando regrese.
Luego colgó.

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