Poco después de las ocho, Héctor regresó al departamento.
Julieta estaba sentada en la sala viendo la televisión y lo siguió con la mirada mientras se acercaba.
Héctor se sentó a su lado, le rodeó la cintura con un brazo y preguntó con una sonrisa:
—¿Por qué me miras así?
Julieta respondió con frialdad:
—Entonces, ¿qué crees que debería estar haciendo?
Héctor sonrió y apretó un poco más el brazo alrededor de su cintura.
—Me siento más tranquilo cuando estás a mi lado. No quiero que vuelva a surgir ningún contratiempo antes de la boda.
Julieta frunció el ceño y dijo con seriedad:
—No quiero volver a discutir contigo por esto. Buscaste la manera de hacerme venir y ya estoy aquí. Pero respeta mi libertad, por favor. Tengo mi propia vida y no voy a depender de ti.
Héctor dejó de sonreír y respondió con seriedad:
—Sé que tienes tus propios planes. De ahora en adelante, tampoco limitaré tu libertad. Te prometo que esta será la única vez.
Julieta lo miró fijamente.
—¿Y cómo esperas que te crea?
Héctor le tomó la mano.
—Parece que tengo muy poca credibilidad contigo.
—Al menos eres consciente de ello.
Héctor mostró cierta impotencia.
—Si fueras un poco más razonable conmigo, tampoco tendría que recurrir a todo esto.
Julieta lo miró directamente a los ojos.
—¿Entonces quieres que vuelva a ser como hace cinco años?
La expresión de Héctor permaneció tranquila, aunque apretó ligeramente su mano.
—No quise decir eso.
Ambos guardaron silencio durante unos instantes.
Julieta apartó la mirada.
—Devuélveme el pasaporte y mi identificación.
Héctor suspiró.

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