Leonardo ya estaba sentado en la sala de juntas cuando Julieta entró.
Conservaba su habitual actitud despreocupada y, al verla aparecer, esbozó una leve sonrisa.
Su presencia no pareció sorprenderlo en lo más mínimo.
Leonardo no había ido solo.
Julieta le dirigió una mirada, se encaminó hacia la cabecera de la mesa y tomó asiento.
—¿A qué viniste?
Santiago permaneció de pie a su lado.
Leonardo sonrió.
—¿Ahora tú vas a tomar las decisiones en lugar de Héctor?
Julieta sostuvo su mirada con calma.
—Lo que ocurra aquí también afecta mis intereses. Por supuesto que tengo derecho a intervenir.
La sonrisa de Leonardo se acentuó.
—¿No estaban en pleno proceso de divorcio?
—Eso no te incumbe. Dime de una vez qué pretendes.
Leonardo moderó un poco la sonrisa e hizo una seña a la persona que estaba a su lado.
El hombre sacó un documento y se lo entregó.
Leonardo lo tomó y lo extendió hacia Julieta.
—Revísalo.
Julieta lo observó con cautela antes de recibirlo y comenzar a leerlo detenidamente.
Apenas terminó de leer la primera página, su expresión se volvió fría.
Levantó la mirada hacia Leonardo.
—Veo que tienes mucha prisa. ¿Tan seguro estás de que Héctor no regresará?

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