Julieta se daba cuenta de que Santiago desconfiaba de ella.
Del mismo modo, tampoco pensaba confiar plenamente en él solo porque fuera uno de los colaboradores más cercanos de Héctor.
En un momento como aquel, menos que nunca podía confiar en alguien con facilidad.
Después de conversar durante un rato, Julieta determinó que, por el momento, Santiago era digno de confianza.
El hecho de que llevara tanto tiempo trabajando como asistente de Héctor demostraba, al menos, que contaba con su aprobación.
Por supuesto, no solo Julieta desconfiaba de Santiago; él tampoco confiaba del todo en ella.
Ambos hablaban con cautela mientras evaluaban en secreto si podían confiar el uno en el otro.
Desde el punto de vista de Santiago, si un matrimonio realmente se amaba, sería difícil que una esposa recuperara la calma tan rápido después de la desaparición de su marido.
Julieta no mostraba ninguna señal de dolor en el rostro, por lo que él no podía evitar mantenerse alerta.
Sin embargo, conforme avanzó la conversación, la desconfianza de Santiago disminuyó considerablemente.
Cada uno de los puntos que Julieta planteaba iba directo a los riesgos que enfrentaban en ese momento y demostraba que conocía bien el sector.
Pensándolo con detenimiento, que hubiera logrado recuperar la compostura tan rápido no era algo malo para ellos, al menos por ahora.
—Reúne toda la información sobre sus bienes y los proyectos importantes que tiene aquí y tráemela —dijo Julieta.
Santiago asintió.
—Voy a prepararla ahora mismo. Espere un momento, por favor.
Se levantó y salió rápidamente de la oficina.
Cuando se quedó sola, Julieta volteó hacia el escritorio.
Se acercó, se sentó en el sillón y encendió la computadora de Héctor, pero necesitaba una contraseña para acceder.
Primero intentó con la fecha de nacimiento de Sofía, pero era incorrecta.
Después introdujo la fecha de nacimiento de Héctor, aunque tampoco funcionó.
Tampoco conocía el NIP de sus tarjetas bancarias.
Luego probó dos combinaciones distintas con las fechas de nacimiento de Héctor y Sofía, pero ninguna resultó correcta.
Solo le quedaba un intento.
Si volvía a equivocarse, la computadora se bloquearía automáticamente, así que no se atrevió a continuar.
Se recargó contra el respaldo, se frotó el entrecejo y trató de imaginar qué contraseña habría elegido Héctor.

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