Julieta reunió rápidamente los documentos que tenía frente a ella.
Emanuel observó sus movimientos y sonrió ligeramente.
—¿Tan ocupada estás?
Dejó la bolsa térmica sobre la mesa, sacó una orden de tacos y se la ofreció.
—Te traje algo de comer. Los compré especialmente para ti.
Julieta miró el recipiente que le tendía, dejó los documentos a un lado y lo tomó.
—Gracias.
Emanuel se acomodó en el sillón individual de al lado y recorrió con la mirada los documentos que había sobre la mesa, aunque no mostró intención de revisarlos.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó Julieta.
Emanuel apartó la mirada de los papeles.
—Vine a ver cómo estabas. Me preocupaba que no pudieras soportar tanta presión, pero al verte así, me quedo un poco más tranquilo.
Julieta le dio una mordida a uno de los tacos y levantó la mirada hacia él.
—Di de una vez lo que tengas que decir.
Emanuel dejó de sonreír y habló con seriedad:
—Será mejor que te prepares para lo peor. Ni siquiera sabemos cuánta gente está vigilando este lugar en este momento. Los bancos también comenzarán a ejercer presión uno tras otro. En cuanto algunos clientes empiecen a retirar su capital, no solo enfrentarás pérdidas enormes, sino una situación que tú sola no podrás controlar.
Julieta lo observó fijamente.
—¿Qué quieres decir exactamente?
—Eres una mujer inteligente y sabes a qué me refiero. Por lo menos yo te garantizaría la parte que te corresponde.
Julieta preguntó con calma:
—¿Quieres que tome el dinero y me vaya?
Emanuel no respondió, lo que equivalía a admitirlo.
Julieta apartó la mirada.
Desde la perspectiva de Emanuel, su propuesta no carecía de lógica.
Si le cedía suficientes acciones para que asumiera el control, con su capacidad quizá podría estabilizar la situación.


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