A simple vista, Julieta parecía estar bien.
Sin embargo, cuanto más tranquila se mostraba, más se preocupaban Jimena y Mauricio.
Ese día, Carlos llegó a Cumbres del Valle.
Julieta acababa de cenar y estaba sentada en el balcón del piso superior, contemplando la puesta de sol en el horizonte.
El viento le agitaba el cabello mientras ella permanecía en silencio, con la mirada perdida en la distancia.
Carlos se quedó observándola a unos metros de distancia.
Jimena dijo con voz ronca:
—Todos los días está así y ya no sabemos qué hacer. Hoy Sergio nos dijo que Sofía está hospitalizada.
No se habían atrevido a contárselo a Julieta.
Parecía haberse encerrado por completo en sí misma, sin permitir que nadie se acercara.
Carlos avanzó lentamente y se detuvo a su lado.
Siguió su mirada hacia el horizonte, donde el cielo se había teñido de dorado bajo la luz del atardecer.
Jimena y Mauricio los observaban desde lejos.
Mauricio no dejaba de secarse las lágrimas.
Jimena volteó hacia él.
—Vamos abajo.
Mauricio asintió con los ojos enrojecidos.
Cuando desapareció el último rastro de luz, Carlos apartó la mirada del horizonte y observó a Julieta, quien seguía sin reaccionar.
Entonces dijo suavemente:
—Sofía te necesita.
Julieta finalmente reaccionó y levantó la mirada hacia él.
Carlos sabía que no se había vuelto completamente indiferente.
Solo llevaba todo ese tiempo obligándose a resistir.
Quizá Sofía era la única persona capaz de hacerla reaccionar de verdad.
En la sala de la planta baja, Sergio entró a grandes pasos y miró a Jimena y Mauricio, quienes permanecían sentados en el sofá con expresión sombría.
—Jimena, Mauricio.
Ambos voltearon hacia él.
—Ya llegaste —dijo Jimena.
—¿Dónde está Julieta?
—Arriba. Carlos está con ella.
Mientras hablaban, escucharon movimiento en el piso superior.
Al levantar la mirada, vieron a Carlos y Julieta bajar las escaleras.
Sergio se acercó rápidamente.
—Julieta.
Ella lo miró.

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