Julieta llegó a la recámara de Sofía.
Sofía ya se había quedado dormida.
Tenía húmedas las comisuras de los ojos y descansaba intranquila, murmurando entre sueños:
—Papá... mamá...
Julieta se sentó al borde de la cama y le acarició suavemente la mejilla.
Una punzada de tristeza le atravesó el corazón.
Se quitó los zapatos y, procurando no hacer ruido, se recostó a su lado y comenzó a darle suaves palmadas en la espalda.
Como si hubiera percibido su presencia, Sofía se volteó y se acurrucó entre sus brazos.
Julieta la abrazó.
Sofía despertó dos horas después.
Al abrir los ojos y ver a Julieta acostada a su lado, se los frotó para asegurarse de que realmente fuera ella y exclamó emocionada:
—¡Mamá!
Julieta abrió los ojos, le acarició la cabeza y preguntó con dulzura:
—Ya despertaste. ¿Tienes hambre?
Sofía se refugió entre sus brazos y la abrazó con fuerza.
De pronto, preguntó entre sollozos:
—¿Por qué papá no regresó contigo?
Julieta la abrazó y la consoló:
—Le surgió un problema inesperado, pero va a regresar. Tenemos que esperarlo.
Sofía levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos y asintió.
—Voy a esperar a que papá regrese. Todavía tiene que celebrar la boda contigo y yo quiero ser la damita.
Julieta le secó suavemente las lágrimas.
—Esperaremos a que vuelva.
—Sí.
Sofía hundió el rostro en su pecho y poco a poco se tranquilizó.
Permanecieron recostadas un rato más.
Después, Julieta acompañó a Sofía a levantarse.
Una empleada les subió algo de comer.
Sofía casi no había probado alimento en todo el día, pero ahora que Julieta estaba con ella, por fin recuperó un poco el apetito y comió bastante.
Después ya no tenía sueño, así que Julieta se quedó con ella viendo caricaturas.

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