Todos los empleados fueron testigos de las acciones de Federico.
Él se había quitado el saco para cubrir a Jimena, pero, por alguna razón, su mano se quedó congelada en el aire.
Jimena ni siquiera se detuvo.
Lo único que vieron fue la expresión aterradora en el rostro de Federico mientras volvía a ponerse el saco.
Todos apartaron la mirada tácitamente, fingiendo demencia.
Era obvio que el señor Núñez acababa de quedar en ridículo frente a la señorita Calvo.
Regina, que había estado pendiente de Federico todo el tiempo, sintió una opresión en el pecho al ver su intento de gesto cariñoso. Se mordió el labio con fuerza y se quedó a un lado, bajando la cabeza para que nadie viera su expresión.
Federico sentía una irritación insoportable.
Con cara de pocos amigos, se sentó en una silla cercana y se quedó en silencio.
Todos los presentes guardaron un silencio sepulcral.
***
Violeta suspiró al escuchar las palabras de Jimena.
Aunque Jimena tenía mucha razón, Federico seguía siendo su esposo.
La actitud de Regina era repugnante, típica de una mustia.
Violeta bajó la voz y susurró:
—Si Regina fuera inteligente, nos ahorraría muchos problemas. Pero Jimena, mírela nomás, esa mujer no es de las que se quedan quietas.
Cualquiera que se mueva en el mundo del espectáculo sabe leer la situación y sabe qué decir y qué callar. Federico acababa de decir que el accidente aún se estaba investigando, pero Regina salió de inmediato a asumir toda la culpa frente a Jimena. ¿Acaso no estaba insinuando que, incluso si era su culpa, Federico no la castigaría?
Era simplemente estúpida.
Creía que nadie se daba cuenta de sus jugadas sucias.
Jimena mantuvo su expresión tranquila y dijo:
—Si logra usar esos trucos para sacarme de mi puesto, lo tomaré como un favor. Sería una liberación.
Violeta se quedó muda.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...