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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 13

Enzo se apresuró a acercarse para ayudarla a levantarse, pero Andrés lo detuvo.

—Enzo, ¿qué haces? Esa mujer es una manipuladora, no le tengas lástima.

Enzo lo ignoró y la ayudó a incorporarse.

—¿Estás bien? —preguntó.

Esmeralda sentía un dolor en el vientre que le impedía hablar. No levantó la vista para mirar al hombre frente a ella, solo negó con la cabeza y caminó cojeando hacia donde había caído su lonchera.

Enzo miró a Andrés.

—Cabrón, ¿te volviste loco? ¿No ves que está embarazada? Esta es la empresa de David, ¿qué pasa si le sucede algo?

Andrés miró la espalda de Esmeralda, que caminaba con dificultad sujetándose la cintura, y soltó una risa burlona.

—Ahí la ves, está entera. Y si le pasara algo, mejor. Ese niño no debería existir, así que si lo pierde, da igual.

Esmeralda, que no se había alejado mucho, se tensó al escuchar esas palabras. Sintió como si el corazón se le contrajera dolorosamente.

Si Andrés decía algo así, significaba que David tampoco quería a ese bebé.

Enzo frunció el ceño.

En ese momento, se escuchó una voz clara y alegre.

—¡Enzo!

Enzo salió de sus pensamientos y levantó la vista. Vio a Clara corriendo hacia él. La chica llevaba una boina, un suéter de lana de excelente calidad y una falda plisada. Sus piernas delgadas calzaban unas botas blancas; se veía radiante, juvenil y hermosa.

Detrás de ella venía el hombre guapo, con el abrigo de la chica en el brazo, mirándola con total adoración.

—¿Para qué corres tanto? ¿Qué tal si te caes? —la regañó Enzo.

Clara lo tomó del brazo y le hizo un puchero.

—No soy una niña, no me voy a caer tan fácil.

Andrés se acercó.

—Si la señorita Santana se llega a caer, nuestro querido David es capaz de despedir a todo el personal de limpieza y alfombrar todo el edificio.

Clara se sonrojó y soltó un bufido.

—Ay, Andrés, ¿qué cosas dices?

David llegó junto a ellos.

—Vámonos, vamos a comer.

Andrés y Enzo habían ido a esperarlos para almorzar.

Clara soltó a Enzo y tomó la mano de David.

El grupo se dirigió a la salida.

Fue entonces cuando vieron a Esmeralda, que se agachaba con dificultad para recoger su lonchera.

David mantuvo el rostro inexpresivo, con una mirada indiferente.

Enzo cerró el reloj, lo guardó en el bolsillo interior de su saco y tomó un sorbo de té.

—No es nada.

No sabía por qué, pero al pensar en la embarazada que Andrés había intimidado, sintió una sensación extraña en el pecho.

David miró a Enzo. Se habían conocido estudiando en Londres y habían fundado juntos una firma de capital privado.

Tras tantos años de amistad, David sabía que Enzo tenía una hermana biológica y que siempre llevaba esa foto consigo, prueba de cuánto la extrañaba.

Cuando sus padres se divorciaron, su madre se lo llevó y se casó en segundas nupcias con un miembro de la familia Santana de Valdemar, un linaje de prestigio. Enzo adoptó el apellido de su madre, Catalán, y fue criado por el líder de los Santana. Ahora era el director ejecutivo de McQueen Global, una empresa de comercio global de primer nivel.

—Ahora que estás en San Pedro, ¿por qué no la buscas?

Enzo negó con la cabeza.

—Verla solo traería tristeza. Probablemente ya ni se acuerde de que tiene un hermano.

Tenía catorce años cuando su madre se lo llevó, y su hermana tenía nueve. Después de más de una década, su imagen en la memoria de ella seguramente se había borrado.

Aunque se encontraran, serían como extraños. ¿Qué sentido tenía?

—¿No quieres saber cómo se ve ahora?

La mirada de Enzo se posó en Clara a lo lejos. Parecía proyectar la imagen de otra persona en ella. Sonrió levemente.

—Supongo que se parecerá a Clara.

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