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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 837

—Entonces, ¿a quién has visto en estos días, papá?

Manolo respondió: —He estado en casa cuidando al bebé, ni siquiera he salido a pescar. El único día que salí fue cuando tomé unos tragos con Luis.

Al decir eso.

Manolo recordó algo de golpe y dijo: —Me acuerdo que después de tomarme lo que sirvió Luis me sentía súper mareado, ¡y te juro que solo fue un traguito!

—Papá, llámalo inmediatamente —ordenó Esmeralda.

—Sí, enseguida.

Esmeralda miró a los oficiales, manteniendo su postura firme y calmada: —Disculpen, pero les ruego que nos den un momento. Mi padre está jubilado desde hace tiempo, es imposible que asumiera el riesgo de una deuda de esta magnitud. Necesitamos averiguar qué pasó aquí.

Los agentes, por supuesto, sospechaban que había gato encerrado, pero los documentos que portaban eran cien por ciento legales y ellos solo cumplían con su deber.

—De acuerdo.

Manolo intentó llamar, pero no hubo respuesta. El número había sido cancelado.

Era evidente.

El vaso que Luis le había dado a Manolo aquella noche sin duda contenía algún tipo de somnífero o droga que lo dejó inconsciente, llevándolo a firmar y poner sus huellas dactilares sin tener idea de lo que hacía.

Luis, que casualmente lo invitó a cenar, solo era el peón de alguien más.

Esmeralda sacó su celular y llamó a Kevin Molina, pidiéndole que investigara de inmediato el estatus de las dos compañías involucradas.

Diez minutos después.

Kevin regresó la llamada: la empresa que exigía el pago era una compañía farmacéutica que McQueen Global había adquirido a principios de año.

Esmeralda apretó el celular.

La familia Santana.

Kevin continuó dándole el contexto de la guerra sucia entre los Santana y Enzo Catalán. Resultaba que esa farmacéutica ya había sido vaciada por Enzo; es decir, la familia Santana gastó una fortuna adquiriendo una empresa que ahora no era más que un cascarón vacío con deudas monumentales.

Y los Santana, como venganza, orquestaron esta trampa para que Manolo asumiera todas las pérdidas, a menos que ellos decidieran cancelar el cobro.

Esmeralda colgó y, mirando los pálidos rostros de sus padres, preguntó:

—Papá, mamá... ¿Hay algo que me estén ocultando?

Manolo miró a su hija, incapaz de articular palabra.

Al ver la reacción de su padre, Esmeralda lo supo al instante.

—Mamá —insistió Esmeralda con un tono más firme.

Valentina abrió la boca y al final dijo: —Esme, llama a tu hermano primero, dile que venga a casa.

—Mamá, contéstame primero —replicó Esmeralda.

En eso.

Sonó el timbre de la puerta principal.

Alguien acababa de llegar.

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