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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 889

Al salir del hotel y bajar a la planta principal.

Marisa Guzmán estaba esperando en el coche. Al ver a los tres salir juntos, su rostro se ensombreció.

El chofer abrió la puerta del vehículo.

Marisa se bajó.

Al verla, Isa la llamó:

—¡Abuela!

Marisa ya había disimulado las emociones en su mirada, y cuando sus ojos se posaron en Isa, se llenaron de ternura maternal.

David Montes se acercó con Isa de la mano, mientras un guardaespaldas se adelantó para recibir la bolsa que llevaba.

—Entonces, ¿cuándo te vas? —preguntó Marisa.

—Tengo que salir en un rato —respondió David.

Añadió un par de recomendaciones más.

Marisa no quiso decir mucho enfrente de la niña.

Esmeralda de la Garza se mantuvo de pie a una corta distancia detrás de él hasta que terminaron de hablar.

—Mamá —llamó Isa.

Esmeralda se adelantó para despedirse de la pequeña.

Isa, dirigiéndose a su padre, le exigió:

—¡Papá, tienes que volver rápido para casarte con mamá!

Al escuchar esto, el rostro de Marisa cambió de repente. Levantó la mirada hacia David, quien no ofreció más explicaciones y se limitó a contestarle a Isa:

—David, ¿qué es eso de que te vas a casar con Esmeralda? ¿Cómo es que un asunto tan importante no nos lo consultaste primero a tu padre y a mí? Con la actitud que tiene, ¿aún así quieres casarte con ella? ¿De verdad te tiene tan ciego que no te das cuenta de nada? ¿No ves cómo se pavonea por ahí en citas con otros hombres? Lo único que hace es burlarse de ti y de nuestra familia Montes. ¿Qué derecho tiene de ser la madre de Isa? Si realmente le importara un mínimo su hija, ¿estaría viéndose con otros hombres? David, ¿eres tonto o simplemente no quieres entenderlo? Tu abuela tampoco aprobará que tengas una boda con ella.

Marisa soltaba las acusaciones una tras otra, presa de la ira. Su pecho subía y bajaba con agitación, y la respiración se le cortaba.

Cuanto más pensaba en Esmeralda, más le repugnaba. Se podría decir que la detestaba por completo. Al recordar el video de ella riendo y paseando con otro hombre, le hervía la sangre de querer darle un par de bofetadas. ¿Cómo era posible que su David hubiera terminado con una mujer así?

¿Cómo iba a aceptar a una nuera tan desvergonzada? Aquello era una completa humillación.

David escuchó las quejas de su madre sin interrumpirla. Solo cuando ella terminó de desahogarse, respondió:

—Mamá, por estos días no le digas tonterías a Isa. Cuando vuelva, lo hablaré con calma contigo, con mi padre y con mi abuela.

Decía "hablarlo", pero la decisión ya estaba tomada.

Marisa apretó el celular con fuerza, manteniéndose inflexible y sin intenciones de retroceder:

—David, siempre tomaste tus propias decisiones y seguiste tu propio camino. Y yo siempre te he respetado. Pero esta vez, no me importa lo que digas, no estaré de acuerdo con que tengas una boda con Esmeralda.

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