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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 989

—David vino y la está acompañando —explicó Esmeralda—. Isa está muy bien, no te preocupes. Ella no es de las que guardan rencor; se le pasará pronto. Dile a Lidia que no se preocupe por eso.

Sabía que Abril sentía mucha culpa, y seguro que Lidia también estaba triste.

Al escuchar esto.

Abril se quedó sorprendida y no hizo más preguntas: —De acuerdo.

Álvaro y Santiago tenían planeado regresar ese mismo día a San Pedro, y querían aprovechar para ver a Isa. Le llevaban regalos que habían comprado a última hora por la mañana.

Justo cuando estaban a punto de tocar a la puerta, vieron llegar a David e Isa.

Ambos se asombraron al ver a David.

Isa los vio y gritó: —¡Tíos!

Al escuchar a Isa llamarlos como de costumbre, ambos sintieron un gran alivio.

Santiago miró a David y lo saludó: —Primo.

David asintió: —¿Pasa algo?

Santiago explicó: —Ayer vine a la carrera y no le traje nada a Isa, así que quise entregárselo hoy. Al rato volveremos a San Pedro.

—¿A qué hora es su vuelo? —preguntó David.

—A las cuatro.

—Entonces pasen a sentarse un rato.

El tono que usó fue como si fuera el dueño del lugar.

La señora Olga abrió la puerta.

Y todos entraron en orden.

Santiago y Álvaro le entregaron los regalos a Isa: un peluche, una muñeca Barbie y un par de preciosos zapatos de princesa.

Isa abrió sus regalos con entusiasmo: —¡Gracias, tíos!

Álvaro sonrió: —Qué bueno que te hayan gustado.

Santiago ensombreció su mirada, apretó los dedos y, tras bajar la vista por un segundo, dijo: —Es cierto que sus problemas no son asunto mío y que no existe nada entre Cintia y yo, pero tampoco me gusta verla sometida de esta manera.

David lo observó de cerca y volvió a preguntar: —¿Y qué hay de Viola Paz?

Al escuchar aquello, Santiago guardó silencio por un momento y, tras pensarlo, comentó: —Según me dijo Cintia, Viola tiene un tío materno y también debe volver a su casa.

—¿Así que solo quieres ayudarlas?

Santiago no tuvo forma de evadir la pregunta. La gran diferencia entre su primo y él radicaba en la impresionante perspicacia de David; era imposible ocultarle algo.

No lo negó: —En efecto.

David lo miró y, sin ahondar más en el tema, solo dijo: —Puedo ayudarte a buscar al tipo.

Santiago se le quedó mirando con estupor.

La mirada de David se tornó un poco sombría y respondió: —En este momento, él y yo no nos llevamos nada bien.

Santiago no terminaba de comprender la situación, preguntándose qué conflicto podría haber surgido entre David y Cristian.

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