Mateo había elegido el restaurante con el mismo cuidado y la misma intuición con la que diseñaba sus algoritmos. No era uno de los lugares de moda de la Zona T, donde la comida era secundaria a la necesidad de ver y ser visto. En cambio, la había llevado a un pequeño y discreto restaurante italiano en el barrio de La Macarena, un lugar escondido en una calle empedrada, con una fachada sin pretensiones y un interior cálido y acogedor. Las paredes de ladrillo a la vista estaban adornadas con arte local, las mesas de madera estaban cubiertas con manteles de lino blanco y la única iluminación provenía de la luz de las velas y de unas pocas lámparas de luz cálida que colgaban del techo. El ambiente era íntimo, casi secreto, un refugio perfecto del ruidoso mundo exterior.
Al principio, hubo una ligera torpeza entre ellos. Sin el escudo del trabajo, sin una pizarra blanca que llenar de ideas o un problema de producción que resolver, se encontraron en un territorio nuevo y desconocido. Eran simplemente un hombre y una mujer en una primera cita, y el peso de esa simplicidad los hizo sentir a ambos un poco cohibidos.
—Gracias por invitarme —dijo Valentina, rompiendo el silencio inicial mientras desplegaba su servilleta—. Este lugar es… encantador.
—Quería llevarte a un sitio donde la comida fuera mejor que la señal del celular —respondió Mateo con una sonrisa, y su humor fácil comenzó a disipar la tensión—. Creo que es el único restaurante de Bogotá donde la gente realmente habla entre sí en lugar de mirar sus teléfonos.
El mesero llegó y, siguiendo la recomendación de Mateo, pidieron una botella de vino tinto y compartieron un antipasto. A medida que el vino comenzaba a hacer efecto y la conversación fluía, la torpeza inicial se disipó rápidamente, reemplazada por una conexión fácil y estimulante. Hicieron un pacto tácito de no hablar de trabajo. No mencionaron a ConectaTech, ni a Grupo Vega, ni a Alejandro. En cambio, hablaron de todo lo demás.


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