El día de la presentación, el aire en el piso 40 de la torre principal del Banco Nacional Andino era denso y estaba cargado de una tensión casi palpable. La sala de juntas de la presidencia era un espacio intimidante, diseñado para recordar a cualquiera que entrara quién tenía el poder. Estaba dominada por una mesa de mármol negro tan larga que parecía un monumento, y una de las paredes era un ventanal que ofrecía una vista de águila sobre toda Bogotá.
Ambos equipos fueron convocados a la misma hora, una táctica deliberada del banco para aumentar la presión y permitirles evaluarlos uno al lado del otro. El equipo de Grupo Vega llegó primero, un pequeño ejército de ejecutivos de traje oscuro liderado por Alejandro y, un paso detrás de él, Don Ricardo Vega. El patriarca había decidido asistir en persona, un gesto que subrayaba la importancia histórica de la cuenta y que pretendía intimidar a la competencia. Se sentaron en un lado de la sala de espera contigua, proyectando una imagen de poder sólido y tradicional.
Minutos después, llegó el equipo de Creativos V.R. Eran una fuerza mucho más pequeña y diversa: Valentina, con una elegancia serena; Mateo, con su calma de genio tecnológico; Carlos, con su presencia sólida; y Andrés, representando a la nueva generación. No intentaron competir en formalidad. Su atuendo era profesional pero con un toque de creatividad que los diferenciaba. Se sentaron en el lado opuesto de la sala, creando una división visual y simbólica.
La tensión entre los dos grupos era máxima. No hubo saludos, ni siquiera un reconocimiento visual. Alejandro miraba fijamente por la ventana, ignorando a Valentina, pero la rigidez de su mandíbula delataba su nerviosismo. Don Ricardo los observaba con una mirada fría y despectiva, como un león viejo mirando a una manada de hienas que se han atrevido a acercarse a su territorio. Isabella, que también estaba presente, no dejaba de mirar a Valentina con una mezcla de odio y una inseguridad mal disimulada.
Valentina, por su parte, ignoró por completo su presencia. Mantuvo una conversación tranquila y en voz baja con su equipo, repasando los últimos detalles, infundiéndoles calma. Su serenidad, en medio de esa atmósfera tan cargada, era su arma más poderosa. Demostraba que no estaba intimidada, que creía en su trabajo y que estaba allí para competir, no para ser una espectadora.

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