La noticia de la pérdida de su cliente más antiguo y prestigioso no se filtró; explotó. Antes de que Don Ricardo y Alejandro hubieran llegado al ascensor, la decisión ya estaba circulando por los canales de WhatsApp de la élite financiera de Bogotá. Para cuando llegaron a la planta baja de la torre del banco, sus teléfonos estaban ardiendo con mensajes de miembros de la junta, de otros clientes, de periodistas. La humillación no fue solo la derrota, sino la velocidad con la que se propagó.
Las consecuencias para Grupo Vega fueron inmediatas y catastróficas. La pérdida del Banco Nacional Andino no era solo una pérdida financiera; era una herida simbólica, una grieta en la fachada de invencibilidad que la familia Vega había construido durante cincuenta años. Si el cliente más leal y tradicional podía abandonarlos, ¿quién estaba a salvo?
A la mañana siguiente, el mercado reaccionó. Las acciones de Grupo Vega, que cotizaban en la Bolsa de Valores de Colombia, abrieron con una caída del quince por ciento. Los analistas financieros, que durante años habían considerado a la empresa como una inversión segura y estable, ahora la calificaban como "en revisión", citando "preocupaciones sobre la capacidad de la dirección para adaptarse a las nuevas realidades del mercado". El pánico comenzó a extenderse entre los inversores.
Pero el impacto más devastador fue el efecto dominó entre los otros clientes. El teléfono en la oficina de Alejandro no paraba de sonar, pero ya no eran llamadas de felicitación, sino de preocupación.
—Alejandro, soy yo —dijo el CEO de una de las aerolíneas más grandes del país, un cliente clave—. Acabo de leer lo del banco. ¿Qué está pasando? Necesito garantías de que nuestra cuenta no está siendo descuidada en medio de… todo esto.
La duda, una vez sembrada, creció rápidamente. Los competidores de Valentina, que hasta ahora la habían visto como una amenaza menor, de repente la vieron como una alternativa viable y emocionante. Los directores de marketing de otras grandes empresas, inspirados por la audacia del Banco Nacional Andino, comenzaron a cuestionar sus propias relaciones con Grupo Vega. ¿Estaban ellos también recibiendo un servicio complaciente y anticuado? ¿Se estaban quedando atrás?
El golpe moral dentro de la propia agencia fue quizás el peor de todos. La noticia de la derrota, y el hecho de que había sido a manos de su ex directora creativa, desmoralizó por completo a los empleados. Los talentos creativos, que ya estaban descontentos con la cultura tóxica, ahora veían a Valentina no solo como una ex colega, sino como un faro de esperanza, una prueba de que había vida, y una vida muy exitosa, fuera de los muros de la tiranía de los Vega. El éxodo silencioso de talentos, que había comenzado con Carlos, amenazaba con convertirse en una hemorragia masiva.
Alejandro, encerrado en su oficina, se sentía como el capitán de un barco que se hunde. Las llamadas furiosas de su tío, las miradas acusadoras de sus empleados, los correos electrónicos preocupados de sus clientes… todo era un asalto constante a su ego ya destrozado. La derrota a manos de Valentina no había sido un simple golpe. Había sido el torpedo que había abierto una brecha fatal en el casco de su imperio. Y el agua estaba entrando a raudales.

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