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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 196

La celebración, cuando finalmente llegó, no fue en un restaurante de lujo ni en un bar de moda. Fue en la propia oficina de Creativos V.R., el lugar donde habían forjado su imposible victoria. El viernes por la noche, después de que se publicara el artículo de Carla Rincón, Valentina declaró el resto del día libre. Carlos Nieto, con una sonrisa de oreja a oreja, apareció una hora después con varias cajas de pizza de un local de barrio y una docena de botellas de cerveza artesanal de Bogotá Beer Company.

El ambiente no era el de una fiesta corporativa, sino el de una celebración familiar. El pequeño pero creciente equipo se reunió en el espacio abierto de la oficina, la música sonaba desde un altavoz portátil y la conversación estaba llena de risas y de una euforia compartida. Se sentaron en el suelo, en los sofás, en los escritorios, compartiendo la pizza directamente de las cajas.

En el centro de todo estaba Valentina, pero no como una jefa distante, sino como una más del grupo. Reía con sus chistes, escuchaba sus historias y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió simplemente ser feliz, sin la carga de la siguiente batalla, sin el peso de la estrategia. Vio los rostros de su equipo: la lealtad inquebrantable de Carlos, el orgullo brillante en los ojos de Andrés, la emoción de los nuevos diseñadores que se sentían parte de algo legendario. Y sintió una oleada de gratitud tan profunda que casi la abruma.

Mateo llegó un poco más tarde, sin anunciarse. No vino como el CEO del Imperio Castillo, sino como un amigo, trayendo consigo un postre de una de las mejores pastelerías de la ciudad. Su presencia se integró perfectamente en la celebración. Se sentó en el suelo junto a Valentina, y su simple y tranquila presencia a su lado era una declaración de apoyo más poderosa que cualquier comunicado de prensa.

En un momento dado, Carlos levantó su botella de cerveza, pidiendo silencio.

—Quiero proponer un brindis —dijo, su voz grave resonando en la sala—. Por la jefa. Por la mujer que nos enseñó que tener agallas es más importante que tener un gran presupuesto. Por la reina de Chapinero.

Todos levantaron sus botellas y vasos, gritando "¡Salud!". Valentina se sonrojó, una mezcla de vergüenza y un inmenso placer.

—No, no —dijo, poniéndose de pie—. El brindis no es por mí. Es por nosotros.

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