Con el disco duro lleno de pruebas que podrían derribar a la familia Vega, Isabella se enfrentó a un nuevo y frustrante dilema: poseía el arma nuclear, pero no tenía la forma de lanzarla. Sabía que si simplemente filtraba la información de forma anónima, los Vega usarían su formidable maquinaria de relaciones públicas para desacreditarla, tachándola de "noticias falsas" fabricadas por un competidor o por una empleada despechada. Y si intentaba venderla o usarla para extorsionar, se arriesgaba a que la rastrearan y la silenciaran, quizás de forma permanente. Necesitaba un vehículo, un mensajero que fuera a la vez creíble e inmune a la intimidación de los Vega.
Su primer instinto fue recurrir a la prensa. Pero no a Carla Rincón, a quien consideraba parte del "equipo Valentina". Buscó a un periodista conocido por ser un mercenario, un hombre llamado Felipe Correa, que tenía un popular blog de chismes políticos y empresariales y una reputación de no tener escrúpulos.
Organizó una reunión clandestina en una panadería de un barrio popular del sur de la ciudad, un lugar donde estaba segura de que nunca se encontraría con nadie de su antiguo mundo. Se presentó con gafas de sol y un pañuelo en la cabeza, sintiéndose como una fugitiva en una película de espías.
Correa llegó tarde, un hombre de mediana edad con una mirada cínica y el aire de alguien que ha escuchado todas las historias de traición que el mundo puede ofrecer.
—Tengo entendido que tienes algo para mí —dijo, sin siquiera pedir un café.
—Tengo la historia que definirá tu carrera —respondió Isabella, intentando proyectar una confianza que no sentía.
Le dio un resumen de la información que poseía, sin mostrarle los archivos, solo describiendo su contenido: el soborno al senador, el esquema de lavado de dinero con el proveedor, todo apuntando directamente a Don Ricardo Vega.
Los ojos de Correa se iluminaron con un interés depredador. Podía oler la sangre.

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