A la mañana siguiente, Valentina reunió a su equipo de confianza en la sala creativa. No era el equipo oficial asignado por la empresa, sino su círculo íntimo: Carlos Nieto, el leal productor; Andrés Giraldo, su prodigio del diseño; y un par de redactores y planificadores que le habían demostrado su lealtad durante la batalla por "Joya Real". La atmósfera era de expectación. Sabían que este proyecto era diferente.
Valentina se paró frente a ellos, no con la energía frenética de una productora de eventos, sino con la calma de una visionaria a punto de compartir una revelación.
—Nos han encargado organizar la gala del 50 aniversario de Grupo Vega —comenzó, su tono era serio—. Y sé lo que están pensando: otra fiesta corporativa, con canapés aburridos, discursos largos y sonrisas falsas. Pero no vamos a hacer eso.
Hizo una pausa, asegurándose de tener la atención de todos.
—Esta no va a ser una fiesta para celebrar a la gerencia. No va a ser un monumento al ego de nadie. Esta va a ser una noche para honrar el verdadero corazón de esta empresa: su gente.
Cogió un marcador y escribió en la pizarra: "EL LEGADO VIVO".
—Nuestra concepto no es una fiesta. Es un viaje inmersivo a través de cincuenta años de historia —explicó, su pasión comenzando a llenar la sala—. Vamos a transformar el Museo Nacional en una máquina del tiempo. Cada salón representará una década. En el salón de los años 70, tendremos proyecciones con las primeras campañas en blanco y negro, sonará la música de esa época, serviremos la comida que se comía entonces. En el salón de los 80, recrearemos la estética de esa década… y así sucesivamente.


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