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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 76

El aplauso que estalló en el gran salón no fue un aplauso ordinario. No era la cortés y contenida palmada de una audiencia corporativa. Fue una ovación, una explosión de aprecio genuino y asombro que pareció sacudir los cimientos de piedra del Museo Nacional. Nació del alivio colectivo tras el tenso silencio, de la sorpresa ante el giro inesperado de los acontecimientos y, sobre todo, de la admiración por la brillantez de la recuperación. La gente no solo aplaudía el espectáculo visual que ahora danzaba en las paredes; aplaudían la increíble sangre fría y el genio invisible que lo había orquestado.

En su balcón, Valentina sintió la ola de sonido recorrerla, una vibración que era a la vez una validación y una victoria. No era el aplauso que Alejandro había buscado, un tributo a su poder y su nombre. Era un aplauso para ella, para su resiliencia, para su talento. Desde su posición elevada, observó el campo de batalla reconfigurado. Vio a los inversores de Nueva York de pie, aplaudiendo con un entusiasmo que rara vez mostraban. Vio a sus competidores, los directores de las otras grandes agencias, mirándose unos a otros con una mezcla de incredulidad y un respeto a regañadientes. Vio a su propio equipo, a Carlos, a Andrés y a los demás, con lágrimas de orgullo en los ojos, aplaudiendo más fuerte que nadie.

Y luego, vio a Isabella. Su rival estaba congelada en su asiento, su rostro una máscara de cera pálida. El color había desaparecido de sus mejillas, y sus ojos, normalmente llenos de un brillo malicioso, estaban vacíos, fijos en el espectáculo de luces con una expresión de horror absoluto. Su plan, su golpe maestro, no solo había fracasado; se había convertido en el catalizador del mayor triunfo de Valentina. Cada aplauso era una bofetada en su cara, cada exclamación de asombro era una prueba de su propia impotencia. En ese momento, Isabella comprendió una verdad aterradora: había subestimado a su enemiga de una manera catastrófica. Creía estar jugando a las damas, mientras Valentina jugaba una partida de ajedrez tridimensional.

En el escenario, Alejandro estaba completamente perdido. El nuevo y deslumbrante espectáculo de luces lo bañaba, pero no lo iluminaba; lo hacía parecer pequeño, una figura anacrónica y fuera de lugar en medio de una obra de arte que no entendía. Parpadeaba, intentando que sus ojos se ajustaran, su mente luchando por procesar la transición del humillante apagón al triunfo inexplicable. Su discurso, sus palabras cuidadosamente elegidas, se habían perdido, borrados por el estruendo de la música y la ovación. Ya no era el protagonista; era un extra en el escenario de otra persona.

La ovación duró casi dos minutos. Cuando finalmente comenzó a amainar, la voz de Valentina volvió a sonar a través del sistema de sonido de respaldo, suave pero llena de una autoridad indiscutible.

—Damas y caballeros, bienvenidos al futuro de Grupo Vega. Y ahora, permítanme presentarles el verdadero legado de esta compañía.

Con un último clic en su tablet, las luces del salón se atenuaron suavemente y la pantalla gigante, que había estado negra, cobró vida. Comenzó el cortometraje. Las emotivas historias de los empleados anónimos llenaron la sala, sus rostros proyectados con una dignidad y una belleza que conmovieron a la audiencia hasta lo más profundo. El golpe de teatro de Valentina no había sido solo para salvar el evento, sino para realzar su verdadero propósito. Había tomado la oscuridad y la había utilizado para hacer que la luz brillara con más intensidad. En ese momento, dejó de ser la esposa del CEO o una empleada brillante. Se convirtió en la heroína indiscutible de la noche, la visionaria que había demostrado que el verdadero liderazgo no consiste en evitar las crisis, sino en transformarlas en oportunidades para brillar.

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