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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 111

Melisa levantó el mentón de Fabricio con dos dedos y le soltó una frase que lo dejó sin palabras:

—Tranquilo, por ahora eres el único que me satisface.

Fabricio solo pudo quedarse callado.

Si no fuera porque él había sido el primero en su vida, de verdad pensaría que ella había estado con medio mundo. Esa mujer, la neta, tenía una habilidad increíble para provocar a cualquier tipo.

Entre enojado y resignado, Fabricio no pudo evitar soltar un suspiro. Al final, solo atinó a decir:

—Baja, voy a preparar algo de comer.

—No, gracias. Mejor me voy a casa a cenar.

Fabricio la miró de reojo, con un tono que no daba lugar a protestas:

—¿Vas a irte a casa sin comer nada? Espera, primero comes y luego te vas.

¿Cómo iba a dejarla irse sin cenar? Sin llenarse el estómago, ¿de dónde iba a sacar energía para regresar y poner a todos en su lugar?

Seguro que en la familia Orozco ya la estaban esperando impacientes. Si la dejaba irse con hambre, esa mujer iba a llegar de mal humor y capaz que hasta se ponía violenta. Mejor la alimentaba bien, así se ahorraba un problema.

En el fondo, Fabricio pensó que tenía que ayudarle a quitarse esa manía de andar golpeando a la gente cada vez que se enojaba. Siempre que algo la irritaba, terminaba pateándolo a él.

...

Frente a la casa de los Orozco, Fabricio estacionó el carro.

Se acomodó un poco y, mirando a Melisa en el asiento trasero, soltó:

—Voy a entrar contigo.

Mientras hablaba, echó un vistazo a su reloj de pulsera, uno de esos de marca que solo unos pocos podían pagar.

A esa hora, seguro la familia Guevara ya había quebrado. Eso significaba que la gente de los Orozco debía estar empezando a perder la cabeza.

Melisa abrió la puerta sin perder la compostura:

—Esto es asunto familiar. No te conviene meterte.

Fabricio volvió a quedarse en silencio.

Era increíble cómo, después de satisfacer sus necesidades, Melisa podía darle la vuelta tan fácil y dejarlo de lado. Ni un gracias ni nada. Solo volvía a ser la de siempre.

El chillido fue tan molesto que Melisa sintió un pequeño zumbido en el oído.

Alzó la vista hacia la sala.

Isidora estaba ahí, con la cara desencajada, el cabello hecho un desastre y una furia que casi se podía tocar. Parecía cualquier cosa menos la esposa de alguien importante o una profesora distinguida; más bien, era como una vendedora peleonera en el mercado, o peor, como un fantasma sin garras ni presencia.

Sin poder evitarlo, Melisa soltó una carcajada. Ella casi nunca reía, pero en ese momento no pudo contenerse.

Recordó que cada vez que Isidora la enfrentaba, toda esa fachada de señora elegante desaparecía, como si se la hubiera tragado un perro, y en segundos quedaba en ridículo.

Las personas sí que son criaturas extrañas. Sabiendo que con ella nunca iban a ganar, ¿por qué volvían a buscar pelea una y otra vez?

De pronto, se preguntó cómo sería la cabeza de una profesora experta en inteligencia humana. ¿Qué demonios tendría adentro?

Un destello cruzó por sus ojos. Acababa de encontrar un buen tema de investigación. Debería analizarlo.

...

—¿Qué te hice yo, Melisa? ¿Por qué tienes que hacerme esto? —Bruno, vestido de traje impecable, parecía un león enjaulado, rugiendo como si quisiera devorarla—. Sabías bien que Josefa es tu cuñada y aun así permitiste que Fabricio hundiera a la familia Guevara. ¿Qué trama llevas en la cabeza?

Bruno agitaba las manos como si fueran garras, pero ni de broma se atrevía a acercarse a Melisa.

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