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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 130

Los guardaespaldas de Fabricio estaban perfectamente entrenados y, en cuestión de minutos, ya habían llevado a toda la familia Orozco al centro del patio, rodeándolos para evitar cualquier intento de fuga.

A excepción de Gabriel, todos los demás fueron interrogados con rigor.

Algunos de los más jóvenes de la familia, como Marcos y Emilio, no pusieron resistencia y respondieron a las preguntas sin chistar.

Pero los demás no estaban dispuestos a cooperar ni tantito.

Mientras los escoltas los arrastraban fuera, se la pasaron insultando a Melisa una y otra vez.

—Melisa, eres una desgraciada, ¡todos aquí somos tus mayores! ¿Cómo te atreves a dejarnos en manos de extraños para que nos interroguen así? ¿De verdad tienes el corazón tan podrido?

—¡Suéltanos ya! Lo que pase aquí es asunto de la familia Orozco, ¿quién te crees trayendo a un grupo de ajenos para que nos humillen en nuestra propia casa?

—No te confíes solo porque Fabricio te respalde, eso no te da derecho a hacer lo que se te antoje. Fabricio te protege hoy, pero no será para siempre. Esas mañas que aprendiste de las chicas de la noche no te van a servir mucho. Cuando Fabricio se canse de ti, ni te va a mirar. Y para ese entonces, ¿ya pensaste en lo que haremos todos los que ofendiste? ¿A poco crees que no vamos a cobrarte la factura?

Tanto los mayores como los más jóvenes de la familia Orozco aprovecharon para echarle en cara a Melisa todo lo que les pasaba por la cabeza.

Melisa, parada en la escalinata, los miraba sin un solo gesto en la cara.

—Si mi abuela muere, los entierro a todos junto con ella —soltó, con una voz tan helada que el aire se sintió más denso.

—Más les vale que se pongan a pensar quién pudo haber sido el que envenenó a mi abuela. Si doy con el culpable, el resto se puede ir de aquí tranquilo. Si no, no saben lo que les espera.

El temple de Melisa tomó a todos por sorpresa. Por un momento, de verdad creyeron que sería capaz de llevar su amenaza hasta las últimas consecuencias.

Nadie se atrevió a replicarle. En vez de eso voltearon hacia Nicolás, que seguía de pie, con la cara tensa y los labios apretados.

—Hermano, ¿vas a dejar que Melisa nos humille así? —gritó uno de los tíos—. Nosotros también estamos sufriendo por mamá, ¿y ahora ni siquiera podemos verla? ¿Nos tienen aquí como criminales? ¡Qué vergüenza que se entere la gente!

Nicolás alzó la mirada hacia Melisa, y luego, con un tono cortante, dijo:

—¡Ya cállense todos!

En ese instante, nadie volvió a abrir la boca.

Sin mostrar emoción alguna, Nicolás continuó:

—Melisa ya dejó todo claro. Si quieren salir bien librados, digan todo lo que saben. Si tanto les preocupa mamá, entonces ayuden a encontrar quién la envenenó.

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