Cuando Clarisa soltó esas palabras, las caras de los Orozco pasaron por todos los colores posibles. Parecía que a cada uno le hubieran echado un balde de agua helada.
El salón de eventos del último piso del Palacio Armonía no era un lugar cualquiera, y mucho menos alguien lo conseguía solo por palancas. Lo que pocos sabían era que Melisa había conseguido ese salón por méritos propios, sin deberle nada a Fabricio.
Pero, ¿cuáles eran esos “méritos”? Según los rumores, Melisa solo sabía usar los trucos que aprendió en el club nocturno donde creció. Tan hábil resultó, que no solo tenía a Fabricio comiendo de su mano, sino que hasta el presidente de MO se dejó encantar. Y ahora, hasta el dueño de Palacio Armonía se desvivía por ella.
La mujer que la crio en el club, esa sí que supo enseñarle bien.
—Vaya, sí que eres lista, hermana —aventó Florencia, apretando los puños con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Si no fuera por la imagen que debía mantener, ya habría explotado ahí mismo.
¿Por qué? ¿Por qué Melisa siempre salía adelante? Florencia estaba convencida de que esta vez Melisa saldría perdiendo. Había preparado todo para que la abuela la mirara con otros ojos en su cumpleaños, pero otra vez Melisa lo arruinó.
¿Acaso todos los hombres estaban ciegos? ¿Cómo podían volverse locos por una mujer así, que solo sabía aprovecharse de los demás? ¿Será que ya no quedan más mujeres en el mundo y solo queda Melisa?
Isidora y Bruno, al escuchar a Florencia, no pudieron evitar sentirse incómodos. No importaba qué métodos hubiera usado Melisa, al final consiguió el mejor salón de todo Real Fortia, dándole prestigio y orgullo tanto a la abuela como a toda la familia Orozco.
Por su parte, Cristóbal cruzó los brazos y observó a Melisa con una mezcla de curiosidad y sorpresa. Nadie esperaba que ella diera semejante golpe.
Jimena, igual que los Orozco, se quedó en shock. Ella también pensaba que Melisa había conseguido el salón del último piso gracias a la influencia de Fabricio. Pero ahora que se enteraba que fue mérito propio, no podía evitar preguntarse cómo lo logró.
En los papeles que le llegaron cuando fue a buscarla, decía que Melisa ni siquiera había terminado la prepa. ¿Cómo una chica que no acabó la escuela podía tener trato directo con el dueño de Palacio Armonía?
A pesar de las dudas que le rondaban la cabeza, Jimena no pensaba preguntarle nada. Si Melisa quería contar, lo haría cuando le naciera. Solo se quedó pensativa unos segundos y luego, como si nada, empezó a saludar a los demás invitados.
Entre los presentes estaban todos los que habían asistido a la última comida con la abuela: Rebeca, la señora Ruiz, doña Torres… Jimena llevó a Melisa a saludar a las señoras mayores.
Melisa, durante todo el tiempo, se mostró respetuosa, siempre correcta y sin exagerar ni un poco. Sus modales impecables y su trato directo, pero sin arrogancia, le ganaron elogios de todas las abuelitas. No faltaron las frases como: “Qué muchacha tan educada” o “Qué bien le hizo regresar”.

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