El semblante de Cristóbal cambió de inmediato. Intentó apartar la mano de Melisa, pero descubrió que no podía hacerlo, por más fuerza que hiciera.
Sin otra opción, trató de alcanzar el volante.
Pero Melisa lo jaló con tal fuerza hacia el asiento trasero que ni siquiera pudo rozar el volante.
Cristóbal apretó los dientes.
—¿Estás... loca?
—¿Loca? —Melisa dibujó una sonrisa torcida en los labios, con ese brillo extraño en los ojos—. ¿Acaso no investigaste sobre mí antes de regresar? Tengo problemas mentales, mi buen Cristóbal~
El rostro de Cristóbal se tensó aún más.
—Solo estaba bromeando contigo —murmuró, tragando saliva.
—¿Ah, sí?
Melisa esbozó una sonrisa aún más retorcida y, de repente, se lanzó al asiento del conductor. Justo cuando el camión de adelante estuvo a punto de chocar, giró el volante y pisó el freno con fuerza.
El carro se detuvo en seco.
Cristóbal respiraba entrecortado, jadeando, tratando de recuperar el aliento.
Antes de que lograra calmarse, Melisa abrió la puerta y, sin contemplaciones, lo empujó con una patada fuera del carro.
Luego, descendió tras él, lo arrastró hacia el asiento trasero y volvió a tomar su lugar en el volante.
Encendió el motor. A través del retrovisor, observó la cara pálida de Cristóbal.
—Cristóbal, bienvenido de vuelta a la familia Orozco. También tengo un regalo para ti, ¿listo?
Apenas terminó la frase, pisó el acelerador a fondo.
El carro rugió y, como bestia desatada, alcanzó su velocidad máxima: doscientos ochenta kilómetros por hora.
Cristóbal, descuidado por un segundo, salió volando por el interior, golpeándose la cabeza con violencia contra la puerta.
Melisa se burló.
—Cristóbal, ponte el cinturón.
—¡Tú...! —balbuceó Cristóbal, temblando, pálido como papel. Extendió la mano para tomar el cinturón, pero en cuanto estuvo por tocarlo, Melisa giró el volante con brusquedad y él volvió a estrellarse contra el otro lado del asiento.
De milagro la puerta estaba cerrada; si no, ya habría salido disparado a la carretera.
Cristóbal, recargado contra la puerta, sonrió de repente.
—¡Esto sí es adrenalina! ¡Vamos, sigue!
Apenas terminó de hablar, Melisa dio otra vuelta cerrada. Cristóbal fue arrojado de nuevo por el carro, sin control.
Perdió la noción del tiempo y del número de veces que terminó golpeado dentro del carro. Ni una sola vez logró abrocharse el cinturón.
Sentía los huesos a punto de quebrársele. Dolor en cada centímetro del cuerpo.
Pero, extrañamente, una chispa de emoción recorrió su interior.
No supo cómo, pero el carro terminó en medio de una zona boscosa.
No muy lejos, al frente, se asomaba un acantilado.
—¿De veras crees que vales para que me muera contigo? Ni te emociones.
Sin decir más, Melisa volvió al volante.
—Esto no ha terminado. Disfruta el resto del paseo.
Y una vez más, el carro salió disparado, rugiendo a toda velocidad.
...
Cuando por fin llegaron a la casa de la familia Orozco, Cristóbal ya no tenía idea de cuántas veces había vomitado. Todo lo que comió al mediodía terminó fuera de su cuerpo.
Al final, ya ni comida le salía; solo la acidez del estómago.
No supo cómo logró bajar del carro, pero las piernas no le respondían.
Isidora, al verlo llegar tan maltrecho, fue la primera en correr hacia él.
—Cristóbal, ¿qué te pasó?
Cristóbal se aferró a la mano de Isidora, usando su apoyo para no caer. Volteó a ver a Melisa, que tenía una expresión serena. Su mirada era oscura, llena de rencor.
Melisa le arrojó las llaves del carro a Cristóbal y curvó los labios.
—Gracias por el regalo, Cristóbal. Me encantó.
Sin esperar respuesta, subió las escaleras.
Detrás de ella, un Rolls Royce llegó a toda prisa y se detuvo justo en el centro del patio.

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