—Entendido —dijo Melisa con un tono seco—. Vamos a divorciarnos.
Apenas Patricio escuchó esas palabras, se levantó de golpe, con el rostro desencajado por la furia.
—¿Divorciarnos? ¡Ni lo sueñes! Bianca se casó conmigo y, aunque me muera, va a seguir conmigo hasta la tumba. En la familia Sandoval solo hay viudos, aquí nadie se divorcia.
Melisa lo miró de reojo, se puso de pie y fue directo a la cocina. Tomó un cuchillo grande y sin titubear, lo clavó en la silla de Patricio.
El sonido seco hizo que todos en la familia Orozco y el mismo Patricio se quedaran helados.
La familia Orozco pensó: “Está loca… De nuevo va a sacar el machete, ¿o qué?”
Patricio simplemente se quedó pasmado, sin poder articular palabra.
Melisa sacó el cuchillo de la silla, regresó al sofá, cruzó las piernas y comenzó a jugar con el cuchillo entre los dedos, como si no le importara en absoluto.
—Ahora no es tu turno de hablar —soltó, mirándolo sin emoción—. Mantente callado. Si se te ocurre decir una palabra más, la próxima vez el cuchillo no va a fallar.
Patricio tragó saliva y se quedó mudo.
¿Acaso esta mujer era el mismísimo diablo?
Jimena, que estaba cerca, no pudo evitar pensar:
—Cada vez Melisa usa métodos más salvajes… ¿Cómo se supone que vamos a lidiar con esto? Qué dolor de cabeza.
El resto de la familia Orozco solo la observaba, con una mezcla de miedo y esperanza. En el fondo, algunos pensaban: “Ojalá sí lo ataque. Si mata a Patricio, la arrestan y ya nunca la volveremos a ver.”
El ambiente en la casa se volvió tensísimo. Nadie se atrevía a moverse, ni siquiera a respirar fuerte.
Melisa, como si nada, sacó su celular y marcó un número. Cuando contestaron, fue directa.
—Ven a la casa de los Orozco, necesito que me ayudes con un caso de divorcio.
Colgó el teléfono, se acomodó en el sofá y cerró los ojos para descansar.
El resto solo la miraba, petrificados, sin atreverse a emitir sonido alguno. Parecía que el tiempo se había detenido; todos mantenían la misma postura, como si estuvieran inmovilizados por el miedo.
No se supo cuánto tiempo pasó, pero finalmente la empleada del hogar entró acompañada de un hombre elegante, vestido de traje.
En cuanto los de la familia Orozco lo vieron, no pudieron evitar contener la respiración.
¡Era Oliver!
El abogado estrella. Nunca había perdido un solo caso.
Corría el rumor de que, si te metías con Oliver, no solo te destruía legalmente, sino que hasta tu propio abogado podía acabar en la cárcel.

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