Todos formaron sus propias familias y tuvieron hijos.
Los hijos, nueras, nietos y nietas de Hugo ya sumaban más de diez personas.
Simón barrió la sala con la mirada, su tono tajante al decir:
—Entren conmigo.
Afuera de la habitación del abuelo había una pequeña sala de estar. Simón no quería interrumpir el descanso del abuelo, pero como todos debían quedarse en el hospital, no les quedó más remedio que reunirse en ese espacio.
Una vez que todos se acomodaron, Simón habló con un tono seco:
—Lo diré una sola vez. Quiero que la persona que hizo enojar a papá lo admita de inmediato. No me obliguen a investigar. Tienen un minuto.
Los dos hermanos menores de Simón y sus esposas se miraron entre sí, confundidos.
—¿De qué hablas, hermano? —preguntó uno de ellos—. ¿Acaso estamos locos? Sabemos bien que papá está delicado, ¿cómo íbamos a molestarlo?
—He pasado este tiempo viajando por todo el país buscando doctores reconocidos y medicinas especiales. Casi ni he podido platicar con papá, mucho menos enojarlo. Además, desde que tenemos uso de razón, siempre hemos hecho lo que él dice.
Simón frunció el ceño.
—¿No fueron ustedes entonces?
—¡Claro que no! ¿Quién se atrevería? —respondió Orlando Ávila, el hermano de en medio.
Luciano Ávila, el menor, preguntó:
—Hermano, ¿qué está pasando? ¿Por qué mandaste a mamá afuera? ¿Es que papá está peor?
Simón se mantuvo serio.
—El doctor dijo que tenemos que prepararnos para lo peor.
—¿Qué? —Orlando y Luciano se pusieron de pie de un salto—. ¿Cómo puede estar tan grave? Hace poco nos dijeron que tenía al menos seis meses, y le hemos dado los mejores medicamentos. ¿No estaba mejorando? ¿Por qué de repente hay que pensar en despedirnos?
—Papá se enfermó del coraje —dijo Simón, con el ceño arrugado—. Por eso pregunto, ¿quién lo hizo enojar?
—Seguro que no fuimos nosotros. Todos sabemos cómo está y nadie se atrevería a sacarlo de quicio —insistió Orlando—. Recuerdo que el día que papá se puso mal, estaba solo en el estudio. Luego salió de prisa, como si tuviera que ir a algún lado. No alcanzó a subirse al carro y ya se había desmayado.
Ya casi había pasado medio mes desde que el abuelo enfermó. En ese tiempo, tuvieron que reanimarlo tres veces de emergencia.
Pero el abuelo nunca recuperó la conciencia.
—No me importa. Hay que buscarlo como sea. Papá no aguanta más de una semana, así que tenemos ese tiempo para encontrar a Salvador Verde. Si no lo logramos, solo nos quedará prepararnos para despedirnos.
Los tres hermanos Ávila sentían el ánimo por los suelos.
En ese momento, Santiago Ávila, hijo de Simón, murmuró:
—¿Salvador Verde? Me suena ese nombre.
De inmediato, todos los miembros de la familia Ávila voltearon a verlo con atención.
Santiago se sobresaltó.
—¿Por qué me miran así?
—¿Tú sabes quién es Salvador Verde? —le preguntó Simón.
—No estoy seguro... Creo que Mauricio me mencionó ese nombre por teléfono. Dijo algo de que su abuelo lo regañó y le pidió que se fijara en Salvador Verde, que eran de la misma edad pero que él era mucho más sobresaliente. Pero no sé si es el mismo Salvador Verde del que hablan ustedes.
—¡Rápido! Márquenle a Mauricio.

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