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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 186

En el camino hacia la casa de la familia Ávila, el ambiente dentro del carro era tan tenso que incluso el sonido de la respiración de los pasajeros se sentía demasiado fuerte.

Leandro ocupaba el asiento del copiloto. Ni siquiera se atrevía a volver la cabeza para mirar a los dos que iban atrás. Si pudiera, se habría esfumado de inmediato. El aire estaba tan cargado de tensión, que parecía que una chispa bastaría para encender una tormenta.

Simón, por su parte, no dejaba de lanzar miradas a Melisa, unas directas, otras de reojo. No podía creérselo: la famosa Salvador Verde resultó ser una chica de poco más de veinte años. Lo encontraba simplemente absurdo, como si de repente la leyenda se convirtiera en una broma.

Y esa Melisa… ¿verdad que así se presentó? Melisa. El nombre resonaba en su mente, pero lo que más le inquietaba era la presencia de ella, esa energía particular que emanaba. Había algo en ella que se le hacía conocido, una sensación de déjà vu imposible de ignorar, pero no lograba atar los cabos.

Melisa notó que Simón la observaba desde que abordaron el carro. Si hubiera sido cualquier otro, ya le habría pedido que dejara de mirar. Pero tratándose de alguien de la familia Ávila, tuvo una pizca de paciencia, algo que no solía concederle a los demás.

La atmósfera se volvió tan pesada, que al final Simón se animó a romper el silencio.

—Señorita Melisa, ¿le parece si primero vamos a comer? Ya reservamos el hotel. Podríamos descansar hoy y…

Melisa lo interrumpió, girando apenas la cabeza, con una voz que no se apresuraba en lo más mínimo.

—¿Tú andas de buen ánimo?

—¿Qué? —Simón no entendió a qué venía la pregunta.

—Por lo que me contaron, tu papá apenas y tiene para tres días más. ¿Todavía te da tiempo de pensar en comer? —La voz de Melisa era tranquila, pero pesaba como una piedra.

Simón se quedó sin palabras.

En su defensa, él solo estaba preocupado porque Melisa acababa de bajar del avión, seguramente no había comido y no le parecía correcto llevarla directo al hospital con el estómago vacío. ¿Por qué sentía que lo estaban regañando?

De pronto, algo le hizo clic. La forma en que Melisa hablaba… se parecía mucho a su papá. Mismo tono, misma actitud. Si alguien de afuera la escuchaba, pensaría que Melisa era nieta extraviada de su papá.

¿Nieta? Simón levantó la cabeza de golpe y la observó con detenimiento.

No, no se parecía en nada físicamente. Imposible que fuera una nieta perdida. Pero… ¿por qué se parecía tanto en su forma de actuar?

Simón no hallaba explicación.

—Vamos directo al hospital —soltó Melisa, sin prestarle más atención a la mirada de Simón.

Al ver la decisión de Melisa, Simón solo asintió.

—Está bien. ¿Hay algo en lo que debamos apoyarte allá?

—Que nadie me moleste —contestó Melisa con total indiferencia—. No quiero perder tiempo solucionando problemas ajenos.

Eso sí lo entendió Simón. Melisa era demasiado joven. Si la veían tratando al jefe, seguro habría quien dudara de sus capacidades. Y las dudas siempre traen problemas.

El semblante de Simón se volvió más serio.

—No te preocupes, señorita Melisa. Te juro que nadie te va a interrumpir. Se trata de la vida de mi papá, así que no dejaré que nada lo complique.

Melisa asintió una sola vez.

—¿Cuánto falta para llegar?

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