Al ver que ya era tarde, Melisa decidió ir al hospital a visitar al señor Hugo.
Los tres hermanos Ávila también se levantaron para arreglarse y prepararse. Iban a acompañarla al hospital.
Mientras Simón fue por el carro, Melisa se detuvo frente a una de las casas y sacó su celular para hacer una llamada.
—Carolina, ¿ya te llegó el paquete que te mandé?
La voz de Carolina sonaba ronca, como si acabara de despertar.
—Sí, ya me llegó. Pero, Meli, ¿por qué me mandaste dos cabellos?
—Creo que encontré al papá de Giselle. Necesito que vayas tú misma a hacer la prueba de paternidad.
Melisa hizo una pausa antes de continuar.
—Tienes que ir tú en persona.
En realidad, primero había pensado en encargarle ese asunto a Everardo.
Pero últimamente había demasiadas cosas que resolver en el club nocturno y Everardo debía cuidar la seguridad de las chicas que trabajaban ahí, así que no tenía tiempo.
Al escuchar esto, a Carolina se le fue el sueño de inmediato.
—No te preocupes, yo misma me encargo de todo. No va a pasar por manos de nadie más.
Meli le había dado una tarea importante otra vez.
¡Feliz!
Ese perro de Fabricio jamás iba a tener el lugar que ella tenía en el corazón de Meli.
¡Ajá!
Al pensar en Fabricio, de pronto Carolina se puso sentimental.
—Meli… Me siento mal. Tú me encargaste proteger a la familia Orozco, ¡y él nada más viene a robarme el protagonismo!
—¡Estoy muy agüitada! ¡Me siento frustrada! ¡Necesito que me consientas, Meli!
Melisa guardó silencio.
¿Fabricio ya volvió? ¿Ya resolvió sus asuntos por allá?
Los ojos de Melisa brillaron un instante. Mientras escuchaba la voz de Carolina, entre molesta y dolida, no pudo evitar sonreír.
—Tranquila, cuando regrese te llevo un regalo.
—¡Y quiero que le pongas una buena regañada a Fabricio por mí! —dijo Carolina con rabia.
—Cof —Melisa tosió ligero—. Está bien, cuando regrese yo misma le hago ver su suerte.

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