Melisa echó un vistazo de reojo al carro más viejo y destartalado de la familia Orozco, el único que tenían que no valía ni la pena mencionar.
—Sí está bastante fregado, la verdad. Pero no pasa nada, solo lo voy a usar hoy. Mañana mando que me traigan otro.
Gabriel: —¡¡¡¡¡¡
¿Qué…?
¿Cómo?
¿Acaso había oído bien?
¿Ella… no tenía solo una motocicleta?
¿No era así?
¿De dónde había salido esta clase de hermana?
Una motocicleta era algo con lo que él apenas soñaba y ni así la conseguía, y resulta que Melisa tenía dos.
Y no solo eso, sino que la forma en que lo decía, como si conseguir una moto fuera tan fácil como comprar jitomates en el mercado, como si solo bastara estirar la mano y ya.
¿No se suponía que la habían criado las chicas del club nocturno?
¿De verdad se ganaba tanto trabajando ahí?
¡No puede ser!
Un día de estos tenía que ir a preguntar si en el club aceptaban hombres también.
Porque si era así, ¿para qué seguir esforzándose en otra cosa?
Mejor se tiraba a la hamaca y ganaba dinero fácil.
...
Melisa ni se imaginaba las tonterías que se le cruzaban a Gabriel por la cabeza. Tomó las llaves del carro y se dirigió a la puerta.
Pero justo cuando iba saliendo, toda la familia Orozco regresó a la casa.
Al verla, Isidora, que había venido conteniendo su furia desde hacía rato, explotó de inmediato.
—¡Melisa! ¡Maldita mocosa, hoy sí te voy a enseñar lo que es la vida!
Isidora levantó la mano para golpearla, y Melisa ya se preparaba para responderle de una patada, pero Gabriel fue más rápido.
Gabriel sujetó la mano de Isidora y la empujó hacia atrás.
—¿Todavía no te bastó con hacer tu show en la fiesta y ahora vienes a armar escándalo aquí en la casa? Tócala una sola vez y a ver qué pasa.

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