La explicación de Carolina ni siquiera había salido de su boca cuando vio que Melisa, con el semblante más sombrío que nunca, levantó la mano y, entre sus dedos, apareció una aguja plateada.
Ese par que por lo general no podía verse sin pelear, Carolina y Fabricio, en ese momento estuvieron sorprendentemente coordinados.
Carolina, rápida como un rayo, abrazó a Melisa para detenerla.
Fabricio, por su parte, se movió como una sombra y jaló a Elvira hacia atrás.
Elvira, tan desprevenida que casi terminó en el suelo, soltó una andanada de insultos.
—¡Fabricio, vas a matar a tu madre, ¿te volviste loco o qué?!
Fabricio ni se inmutó. Le lanzó una mirada seca.
—Si no te haces a un lado, la que va a terminar mal eres tú.
Mientras tanto, Carolina seguía aferrada a Melisa.
—¡Meli, tranquila! ¡Esa es tu futura suegra, no se vale dejarla toda apaleada! Mira, yo sé que Fabricio te desespera, pero nadie puede negar que te trata bien. Un tipo así, no hay otro igual, ¿vas a ir a lastimar a su madre? Si la matas, olvídate, ya no van a tener ni la menor oportunidad.
Fabricio soltó un suspiro resignado.
—Mi mamá no lo hizo a propósito. Yo me disculpo en su nombre.
Melisa los miró a los dos por un buen rato, con una expresión entre curiosa y divertida.
—Ella está envenenada. Solo iba a bloquearle los canales del cuerpo con la aguja para contener el veneno. ¿Por qué hacen tanto escándalo?
—¿Qué? —Carolina y Fabricio se quedaron helados.
Pasó un largo instante antes de que Carolina pudiera hablar.
—¿No que se puso perfume? ¿No que odias que la gente te abrace después de usar perfume? ¿No te molestó?
Si Melisa no se enojaba, entonces la que iba a explotar era ella. Aún recordaba cómo en el aeropuerto ni la había dejado abrazarla.
Melisa se frotó las sienes, un poco exasperada.
—No se puso perfume.
Carolina parpadeó, incrédula.
—Imposible. Huele fortísimo, ¿no lo sientes? ¿Meli, no estarás perdiendo el olfato?
Melisa suspiró.
¿Pero entonces, quién más podía tener ese veneno?
Fabricio endureció la expresión.
—¿Hay cura?
—Sí, hay forma de curarla —respondió Melisa—. Por ahora solo puedo contener el veneno con la aguja, pero para eliminarlo por completo necesito la Hoja del Fénix, la que yo misma cultivo.
Se quedó unos segundos pensativa antes de continuar.
—Al tocarla, reconocí que lleva menos de tres días envenenada. El veneno aún no explotó. Mañana le pediré a Giselle que envíe la medicina y podremos curarla. Pero hoy...
Melisa miró a Elvira con seriedad.
—Consigan un doctor que la vigile. En cinco días, el veneno va a hacer estragos. Si la persona que la envenenó no tiene paciencia, podría acelerar el efecto esta misma noche. Así que, desde ahora, no debe comer ni beber nada, ni un sorbo de agua.
Hizo una pausa y agregó:
—Tienen que buscarle un cuarto nuevo, desinfectarlo bien. Hasta que tenga la Hoja del Fénix, debe quedarse ahí. Ve tú mismo a comprar ropa nueva, ropa interior y todo lo demás, que estrene todo, sin excepción. Hazlo tú, sin delegar a nadie más.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno