Cuando Melisa regresó a la casa de los Orozco, la sala estaba llena de gente.
A excepción de la familia de la tía de Melisa que vivía en el extranjero, los integrantes de las otras cuatro ramas estaban casi todos presentes.
En ese momento, Jimena ocupaba el lugar principal, mientras los demás se sentaban a ambos lados. El ambiente era tan tenso que parecía que acababan de tener una discusión fuerte.
En cuanto Melisa entró, Jimena la vio de inmediato. Su cara, que antes reflejaba puro enojo, se suavizó al instante.
—Melisa, ven con tu abuelita.
Los demás, siguiendo la mirada de Jimena, voltearon a verla. Salvo unos pocos que siempre habían sido amables con Melisa, el resto la miraba como si quisieran devorarla viva.
Melisa apenas los miró, una expresión apática en su cara. Caminó tranquila hasta donde estaba Jimena. Su voz sonó obediente, aunque dejaba escapar un dejo de cansancio.
—Abuelita.
Tras saludarla, Melisa barrió la sala con la mirada y preguntó con voz suave:
—¿Por qué no se han ido a dormir todavía?
Ya eran las once de la noche.
Jimena siempre había sido muy estricta con su rutina de sueño; nunca se acostaba después de las diez.
Jimena estaba a punto de contestar, pero Bruno de pronto golpeó la mesa.
—¿Todavía te atreves a preguntar? Melisa, quiero que me digas, ¿qué problema tienes con la familia Orozco? ¿Por qué te empeñas en hacernos daño?
Melisa arqueó una ceja y se dejó caer en la silla junto a Jimena. Ahora, la actitud dócil que había mostrado se desvaneció, dando paso a un aire desafiante.
—Melisa, sé que por el error de que nos intercambiaron al nacer, tuviste que sufrir más de diez años de injusticias, y guardas rencor. Pero eso no justifica que, por desquitarte, hayas arruinado el proyecto con MO. Hoy, Gastón dejó bien claro que no quiere colaborar más con los Orozco. Perder un proyecto tan grande como este nos va a costar, mínimo, cinco años para recuperarnos.


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