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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 46

Esta vez Melisa aprobó el proyecto de Emilio, no porque le hubiera dado por ser generosa, sino porque el plan de Emilio de verdad era muy bueno.

Ayer, cuando bajó a comer con Carolina al mediodía, justo vio a Emilio en la recepción de la empresa. Aprovechó y le pidió a la recepcionista que le trajera la propuesta de Emilio.

El proyecto era arriesgado y muy original.

Por eso, lo aprobó en ese mismo momento.

En realidad, desde un principio ya tenía pensado darle este proyecto a la familia Orozco, pero contar ahora con una propuesta tan brillante de Emilio no le suponía ninguna pérdida.

—De todas formas, tengo que darte las gracias —le soltó Emilio—. Si no fuera por ti, jamás habría tenido la oportunidad de que alguien me tomara en cuenta. Melisa, te lo juro, este proyecto lo voy a hacer bien, no voy a dejar que tu inversión se desperdicie.

Melisa levantó una ceja.

—¿Confías en mí?

Emilio asintió con fuerza.

—¡Claro que sí! Los proyectos de MO siempre son difíciles de conseguir, y esta vez todo salió tan bien… Yo no creo que haya sido porque eres la presidenta de MO…

Se detuvo un instante, algo incómodo, pero luego continuó:

—MO es un consorcio enorme, y su presidenta no va a tomar una decisión solo porque se lo pida una mujer. Además, la neta, ni a Fabricio le das bola, ¿cómo te vas a fijar en un señor mayor? Así que solo hay una explicación: tú eres la presidenta de MO.

Melisa se rio.

—Pues sí, sí piensas rápido.

Emilio se tocó la cabeza, apenado.

El celular de Melisa vibró con una notificación; apenas echó un vistazo, lo guardó y le dirigió una mirada a Emilio.

—Lo que es tuyo, cuídalo —le soltó.

Emilio sonrió.

—No te preocupes. Antes ni siquiera tenía chance de que me notaran; ahora que por fin tengo esta oportunidad, ni loco la suelto.

Melisa arqueó una ceja otra vez, no dijo más, se dio la vuelta y se fue.

...

Familia Pacheco.

Cuando Melisa llegó, Fabricio estaba sentado en el sillón, piernas cruzadas, con un cigarro en la mano.

A ambos lados tenía dos filas de escoltas vestidos de traje negro. Enfrente, arrodillada, había una mujer de unos treinta años; por la ropa, se notaba que era la trabajadora doméstica.

En cuanto vio entrar a Melisa, Fabricio apagó rápido el cigarro, se puso de pie y le dijo:

—Voy a prepararte algo de comer.

Melisa no se negó. De hecho, ni siquiera comió en casa de la familia Orozco porque ya tenía antojo de la comida de Fabricio.

Ni modo, después de dos años juntos, Fabricio le malacostumbró el paladar.

Damián y Gonzalo, al ver la escena, también se sentaron rápido, pero antes de que pudieran probar bocado, Fabricio arrimó todos los platos a Melisa.

—No hay más, espérense a que la trabajadora termine de hacer lo suyo.

Damián y Gonzalo se miraron.

—Ni corazón tienes, Fabricio.

Fabricio le sirvió a Melisa un vaso de leche y, sin importarle las miradas dolidas de los demás, se sentó a su lado.

—Carolina viene en camino, y mi mamá anoche no tuvo ningún problema.

Melisa asintió y, de reojo, miró a la mujer arrodillada en la sala.

—¿Ayer sí agarraron a la persona?

—Sí —contestó Fabricio, con ese tono seco que usaba cuando algo no le importaba mucho—. En un rato la van a mandar al corral de los perros.

Melisa ni se inmutó, siguió comiendo como si nada.

—¡Qué cruel eres!

Fabricio rio y, sin que nadie los oyera, se inclinó para susurrarle al oído a Melisa.

—En la cama soy todavía más salvaje.

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