Al día siguiente...
Cuando Melisa regresó a la casa de los Orozco, ya era hora de la cena.
Había pasado todo el día acompañando a Carolina, llevándola de un lado a otro, cumpliendo sus caprichos sin rechistar. En realidad, Carolina no tenía pensado dejarla volver ese día, pero Jimena llamó por teléfono para avisarle que esa noche habría una cena familiar y que debía regresar cuanto antes.
Solo por eso, y a regañadientes, Carolina aceptó dejarla ir.
Toda la familia Orozco ya estaba reunida. Solo faltaba Melisa.
Apenas cruzó la puerta, Isidora la recibió con una voz cortante.
—¿Qué hora crees que es? Tu abuela te llamó al mediodía y apenas apareces. Todos te estamos esperando, ¿qué pasa contigo? ¿Las reglas de la familia te importan un comino? Melisa, no quiero tener que repetírtelo una y otra vez: esta es la casa de los Orozco, no es un antro ni un hotel. Aquí no entras y sales cuando se te da la gana.
Sin darle respiro, Isidora siguió con su ataque.
—Y dime, ¿dónde pasaste la noche de ayer? ¿Sabes lo que significa ser la señorita de la familia Orozco? ¡Tú representas el nombre de todos nosotros! ¿Qué van a decir si la hija de los Orozco no regresa a dormir a su casa? ¿Qué clase de ejemplo das?
Isidora ni siquiera la dejó responder, como si le hubieran dado cuerda, disparando palabras como metralleta.
—Si no vas a cambiar esos vicios, mejor lárgate y no nos estés amargando la vida.
Nadie entendía por qué Isidora andaba tan alterada, pero no estaba dispuesta a escuchar excusas.
Jimena frunció el ceño, a punto de intervenir, pero Melisa fue más rápida y contestó con voz calmada:
—¿Así que la familia Orozco ahora depende de una inútil con un supuesto coeficiente de ochenta para mantener la fachada? ¿Tan mal están las cosas? Pues si es así, mejor declaren la bancarrota de una vez.
—¡Melisa! —Isidora le pegó un manotazo a la mesa—. ¿Acabas de llegar y ya quieres ver a la familia Orozco en ruinas? ¿En qué cabeza cabe?
Desde el punto de vista de Melisa, Isidora se veía como un cangrejo furioso, agitando los brazos sin lograr asustar a nadie.
—Soy una inútil, ¿no? Y ahora resulta que necesitan a una inútil para sostener el nombre de la familia. Si la familia Orozco aún no se va a la ruina, ¿qué están esperando?
Isidora temblaba de la rabia.
—¿Estás loca? ¿Qué ganas tú si la familia Orozco se va a la quiebra? ¿No piensas en tu abuela, que te adora? Eres una desagradecida, ni siquiera te importa ella.
—Mi abuela no necesita que tú te preocupes —respondió Melisa, con tono sereno—. Mientras yo pueda comer, a ella tampoco le va a faltar. En cambio tú, doctora Isidora, si la familia se arruina, vas a tener que depender de tus tres hijos genios. A ver cómo te va con ellos; de verdad me da curiosidad.
Apenas terminó de hablar Melisa, Gabriel se adelantó, con cara de fastidio.
—Dos. Yo no pienso mantenerla.
Isidora le lanzó una mirada asesina a Gabriel. Ni siquiera estaba segura de por qué había empezado a regañar a Melisa, pero ahora no sabía cómo salir del lío en el que se había metido...

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