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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 56

—Me llamo Ramiro, también soy compañero de cuarto de Gabriel.

Varios chicos se presentaron con Melisa, quienes la miraban con una mezcla de timidez y curiosidad. Melisa les dedicó una leve sonrisa.

—Me llamo Melisa.

Todos ellos parecían muchachos bastante inocentes, sin malicia alguna.

Qué bien, pensó Melisa, aliviada. Gabriel sabe escoger a sus amigos.

Platicaron un rato sobre la universidad, cosas triviales y chistes tontos. Después, el grupo entró al antro.

Gabriel había reservado una mesa.

No usó la influencia de la familia Orozco, así que solo consiguió una mesa común y corriente.

Apenas Melisa entró, notó el pastel sobre la mesa. Encima, con letras grandes, estaba escrito: "¡Feliz cumpleaños, Gabriel!"

Melisa se quedó pasmada, callada unos segundos antes de voltear a ver a Gabriel.

—¿Hoy es tu cumpleaños?

Gabriel asintió con una sonrisa despreocupada.

—Sí. En realidad no pensaba celebrarlo, pero estos locos insistieron.

—¿Por qué no me avisaste? —preguntó Melisa, arrugando la frente. No había preparado ningún regalo.

—¿Para qué? No es algo importante. Mi familia seguro ni recuerda cuándo nací —contestó Gabriel, restándole importancia—. Estos años siempre he celebrado con ellos, ya hasta es costumbre. Por eso ni te lo mencioné.

Un dolor inesperado se instaló en el pecho de Melisa.

A pesar de que Isidora nunca la aceptó del todo, cada año alguien le festejaba su cumpleaños. De niña, era su abuelita quien se encargaba de la fiesta; después, Giselle tomó la estafeta. Más adelante, Fabricio, Carolina y varios amigos la acompañaban ese día especial. Ella nunca le daba mucha importancia, pero sus seres queridos sí.

En cambio, Gabriel parecía no haber celebrado nunca un cumpleaños en la familia Orozco.

Melisa sacudió esos pensamientos y buscó en su bolso. Sacó una tarjeta y se la entregó a Gabriel.

—Toma.

—¿Qué es esto? —Gabriel miró la tarjeta, desconcertado.

—Un regalo de cumpleaños. Compra lo que quieras —pausó un instante—. Hay quinientos mil pesos en esa tarjeta. Si no es suficiente, me avisas.

Gabriel se puso de pie de golpe, tan nervioso que casi tartamudeaba.

—¿Cu-cuánto dijiste?

¿Quinientos mil? ¿Escuchó mal, o ella lo dijo mal?

—¿Te parece poco? —preguntó Melisa, dudando apenas un instante. Sacó otra tarjeta—. Entonces toma esta de un millón. Solo traje estas dos, si quieres espero y hago que me traigan más.

Dicho eso, Melisa sacó su celular y empezó a escribirle a Carolina.

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