Melisa apretó los labios, sin decir nada.
No necesitaba que nadie la defendiera. Para ella, Florencia no era más que una figurita sin importancia, alguien a quien ni siquiera valía la pena mirar.
Había regresado a la familia Orozco, en parte por Giselle, pero en el fondo, lo que más buscaba era vengarse de Isidora.
¿Y Florencia? Apenas era como un petardo mojado, incapaz de hacerle el menor daño, ni siquiera despeinarla.
No valía la pena molestarse por algo tan insignificante como esto y menos aún interrumpir el descanso de su abuela.
—Je —Gabriel soltó una risa burlona—. Abuela, ¿todavía no te enteras? Resulta que nuestra famosísima “genio” de la familia Orozco, Florencia, se trajo a un grupo de chicas problemáticas al antro, hicieron que Marcos pasara un muy mal rato, fumaron, tomaron… se sentían las reinas de la noche.
Gabriel le echó una mirada de desdén a Florencia.
—Y no solo eso, abuela. Hasta llamó a Joaquín para que le dieran una lección a Meli. Si Fabricio no hubiera llegado a tiempo, ni Meli ni yo habríamos salido vivos de ahí. Capaz que mañana la familia Orozco estaría planeando un velorio.
Gabriel jamás había tragado a Florencia.
Ahora, verla ahí le generaba todavía más rechazo.
Por eso, si Fabricio quería venir a poner las cosas en su lugar por Melisa, él lo apoyaba por completo.
—¿Qué dijiste? —El rostro de Jimena se endureció de golpe. Se giró de inmediato y, sin mediar palabra, le soltó una cachetada a Florencia—. ¡Qué valor el tuyo, atreverte a maltratar a mi nieta!
Florencia se cubrió la mejilla, soltando el llanto.
—Abuela, yo no… yo solo…
¿Solo qué?
¿Cómo iba a explicar lo inexplicable?
Isidora, al ver que Florencia recibía el golpe, se le partió el alma y se lanzó a defenderla.
—¡Mamá! ¿Por qué le pegas a Florencia? ¡Fabricio ya la dejó toda lastimada y ahora tú también la golpeas! Falta un mes para que empiece la Universidad Monarca Nova, ¿cómo se supone que va a dar la cara?
—¡Paf!
Jimena no dudó y le soltó otro golpe, esta vez directo a Isidora.
—¡Cállate! Si sueltas una palabra más, te largas de aquí ahora mismo.
De no ser porque no quería convertirse en la suegra metiche que arruina matrimonios, ya habría obligado a Nicolás a divorciarse de Isidora.
Levantó la mirada, topándose de frente con los ojos serenos e impasibles de Melisa.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Ella lo miraba como si fuera cualquier desconocido, un simple extraño.
¿De verdad estaba tan equivocado?
La que había cometido errores era Isidora, no los hijos. ¿Debería tratar de ser mejor padre? ¿Acaso Melisa merecía siquiera un poco de afecto?
Si Melisa supiera lo que pasaba por su cabeza, seguro soltaría una carcajada: ¿Afecto de padre? Qué absurdo.
Jimena, al ver la expresión de Nicolás, sintió que la ira le hervía por dentro.
Nunca comprendió por qué, si no le gustaba Isidora, la había desposado en primer lugar.
Se casaron y vivieron como extraños, pero igual tuvieron hijos.
Y si ya los tuvieron, lo mínimo era hacerse responsable.

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