Trucos.
Tsk, tsk.
Esa pequeña exclamación interna de «con esa percha que tiene este infeliz, no me extraña que la dueña original estuviera tan loca de amor» desapareció al instante.
Clara apartó la mirada.
—Piensa lo que quieras. De todos modos, sin importar lo que haga, siempre creerás que estoy jugando sucio. Los prejuicios son como una pared de ladrillos, pero ya no tienes que romperte la cabeza intentando derribarla, yo me hago a un lado, ¿ok?
La mirada de Vicente se posó en el rostro de Clara.
En cinco años de casados, esta era la segunda vez que la observaba con tanta atención.
La primera fue anoche en el hospital, cuando ella lucía destrozada pero frágil, como si hubiera caído de las nubes al lodo, pero aun así mantenía la frente en alto, resistiendo como un junco en la tormenta.
Esta era la segunda vez.
De repente, Vicente se dio cuenta de que Clara era hermosa.
Tenía la frente despejada, una nariz perfilada y unos ojos especialmente bonitos.
En esos ojos claros y brillantes se escondía un destello de astucia que cruzó fugazmente, desapareciendo sin dejar rastro antes de que pudiera analizarlo.
Al ver la expresión indescifrable de Vicente, Clara frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
¿Había dicho algo malo?
Vicente mostró un atisbo de diversión en su mirada.
—¿Crees que... eres una pared?
Clara se quedó sin palabras. Este infeliz, siempre buscándole la quinta pata al gato en todo lo que digo.
Es una metáfora, ¿acaso no entiendes de metáforas?
Poniendo los ojos en blanco con cero elegancia, Clara volvió al tema principal.
—¿Cuándo planeas traerme el acuerdo de divorcio?
Vicente se tensó.
Clara tomó la iniciativa.
—El niño se queda contigo, Silvia se queda conmigo. Y dividimos a la mitad el resto de los bienes del matrimonio, no es mucho pedir, ¿verdad? Si te apuras un poco, para agosto ya podríamos tener los papeles firmados.
—Ah, por cierto... —Clara salió de su verborrea y volvió a la realidad—. Sé que Paulina regresó y que donde hubo fuego, cenizas quedan.
El rostro de Vicente se oscureció.
Pero a Clara ya no le daba miedo, al fin y al cabo, se iban a divorciar de todos modos.
—Así que te pido que tengas cuidado con lo que haces en público últimamente. Un divorcio pacífico no tiene el mismo impacto en las acciones de la empresa Velasco que un escándalo de infidelidad, ¿no crees?
Por un momento, a Vicente le costó distinguir si Clara estaba usando la psicología inversa o si hablaba en serio.
Vicente, ¿acaso no tienes corazón?
Al comprender los insultos mudos en los ojos de Clara, a Vicente le hirvió la sangre.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Silvia gritó a lo lejos.
—¡Mamá, mamá, ven rápido, la cometa se va a escapar!
—¡Ya voy!
Lanzándole una última mirada de fastidio que ya no pudo contener, Clara salió corriendo.
No hacía mucho viento; la cometa se tambaleó un par de veces antes de caer al césped.
Silvia corrió a recogerla.
Andrés enrollaba el hilo a toda velocidad.
Cuando Clara miró hacia atrás, Vicente ya no estaba.
Quién sabe si se había ido a preparar el acuerdo de divorcio.
—Vámonos, ya es hora de ir a casa a bañarse y dormir...
Clara tomó la cometa y agarró a Silvia de la mano.
Cuando intentó tomar la de Andrés, el niño, que hace un segundo estaba sonriendo de oreja a oreja, cambió de expresión de inmediato, volviéndose un pequeño señorito distante. No solo no le dio la mano, sino que aceleró el paso para alejarse de ella.

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