Recordó el terror que sintió parada sola frente a la fuente, buscando a su mamá sin éxito.
Recordó a aquella anciana que le sonrió diciendo que la llevaría a buscarla, para luego taparle la boca, arrastrarla a un baño sucio y oscuro, y cortarle el cabello con unas tijeras, amenazando con matarla si se atrevía a llorar.
Y después...
Al abrir los ojos, vio a su mamá, con los ojos brillando como estrellas.
Su mamá era tan suave, le daba besos, le acariciaba la espalda y le cantaba canciones de cuna con ternura.
Pero entonces, la imagen en su mente cambió y apareció esa mamá furiosa.
—¡No te alejes! ¡Si te pierdes, vendrá el lobo y te comerá!
—¡Buaaaa!
Silvia estalló en llanto a todo pulmón.
—¿Qué pasó? ¿Qué tienes, Silvia?
La puerta se abrió de golpe y Clara entró corriendo. Llevaba puesta ropa cómoda y su cabello mojado aún goteaba.
Con el rostro lleno de pánico, Clara la levantó en brazos y le dio palmadas suaves en la espalda.
—Mi amor, ¿qué pasa?
—Mmm... mmm...
Silvia lloraba a moco tendido, negando con la cabeza sin poder hablar.
Clara no se desesperó. Se sentó en la alfombra y comenzó a mecerla despacito.
—Entonces lloraremos solo un ratito, ¿sí?
Andrés miraba la escena con la boca abierta.
En el pasado, esa mala mujer siempre ponía cara de fastidio cuando los escuchaba llorar: ¡Ay, ya van a empezar a llorar, qué molestos son!.
O simplemente le gritaba a la niñera que se los llevara.
¿Cómo es que había cambiado tanto?
¿Qué nuevo truco estaba planeando?
En la oficina del presidente de la empresa.
El teléfono sonó y Vicente contestó.
Era Paulina.
—Vicente, ¿cómo está Silvia? Debe estar muy asustada, ¿verdad? Le compré muchas cosas...
Paulina seguía hablando.
Vicente miró distraídamente la hora en la esquina de la pantalla de su computadora.
En todo el día, Clara no lo había molestado ni una sola vez.
El mayordomo tampoco había llamado para quejarse de que la señora había salido de compras compulsivas, ni que estuviera haciendo otro berrinche y pidiendo que regresara.
Incluso Silvia, que solía mandarle mensajes a cada rato preguntando: Papá, ¿a qué hora vuelves?, hoy no le había escrito nada.
—¿Vicente? ¿Estás ahí?
La risa alegre de su hija se mezcló con el sonido del viento mientras la cometa subía al cielo.
Vicente miró más de cerca. Clara le entregó el carrete a la niña, se agachó a su lado y le sostuvo las manitas para ayudarla.
—¡Andrés, ven a jugar con nosotras!
Sentado sobre una manta de picnic, Andrés parecía una estatua de piedra. No se inmutó.
Silvia le dio un sonoro beso en la mejilla a Clara y corrió con la cometa hacia su hermano.
Por muy maduro y amargado que fuera, al final seguía siendo un niño de cuatro años, y no podía resistirse a la forma en que Silvia lo arrastraba a jugar.
En cuestión de segundos, los dos pequeños salieron de la manta y empezaron a correr por el pasto.
—Clara...
La voz profunda del hombre sonó a sus espaldas.
Clara se giró de golpe.
Y se topó con una mirada intensa y oscura.
Vicente tenía las manos en los bolsillos. El viento inflaba su camisa por la espalda y le alborotaba un poco el cabello.
Eso le quitaba un poco de esa frialdad abrumadora que siempre llevaba consigo, dándole un aire más juvenil y ridículamente atractivo.
El hombre la examinó con la mirada y preguntó:
—¿Qué nuevo truco estás planeando ahora?

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