—¡Firma!
Clara sacó el contrato de traspaso de su bolso y le ofreció un bolígrafo con entusiasmo.
—Yo paso las páginas y tú firmas, será rapidísimo... Te prometo que no te quitaré mucho tiempo.
Vicente le lanzó una mirada de reojo.
Por la mañana apenas había mencionado que planeaba vender la propiedad. Y ahora, por la tarde, ya le estaba pidiendo que firmara los papeles. Eso significaba que ya tenía al comprador listo desde antes.
¿Quién era?
Aunque el mercado inmobiliario había estado inestable estos últimos años, eso no afectaba a una propiedad de ultralujo como la Mansión de la Colina. Con un precio estratosférico de más de mil millones, solo un puñado de personas en la élite del país podía pagarlo.
Vicente repasó mentalmente su círculo de conocidos, pero no logró adivinar de quién se trataba.
No pudo evitar sospechar que Clara había malbaratado la casa.
—¿A cuánto la vendiste? —preguntó.
Clara se puso en alerta al instante.
—¿Qué planeas hacer?
Aún estaban en el período de reflexión antes del divorcio. Según le había advertido el agente inmobiliario, la Mansión de la Colina todavía se consideraba un bien conyugal. Si Vicente decidía ponerse estricto, ella tendría que darle la mitad de esos mil millones.
¡Estaría perdiendo quinientos millones de golpe!
—¡Tú mismo dijiste que la Mansión de la Colina me pertenecía! Ya está estipulado en el acuerdo que firmaste. ¡No te puedes echar para atrás ahora, Vicente!
Sus ojos reflejaban una desconfianza total hacia él.
Y, sin embargo, forzó una sonrisa, fingiendo una expresión que gritaba: El gran presidente Velasco siempre cumple su palabra, ¿verdad?
Vicente tuvo unas ganas enormes de tomarle el pelo, solo para ver si ella explotaba de rabia.
Pero temía que, si realmente se enojaba, él no sabría cómo contentarla.
—¡Qué malagradecida! ¿No ves que solo me preocupaba que te estuvieran estafando? —dijo Vicente con voz suave—. Si te ofrecieron menos de ochocientos millones, te sugiero que la conserves. Espera un par de años a ver cómo se mueve el mercado antes de venderla.
—¡No me estafaron! —soltó ella de inmediato, pero al darse cuenta de que había hablado de más, Clara miró a Vicente rápidamente.
Sus miradas se cruzaron. Vicente arqueó una ceja y sonrió.
Clara se quedó pasmada.
Tenía que admitirlo, Vicente tenía un rostro verdaderamente privilegiado.
Incluso el sol de la tarde parecía tener una preferencia especial por él, haciendo que sus facciones, usualmente frías, se vieran mucho más atractivas y tridimensionales que de costumbre. Los tenues rayos de luz que se reflejaban en sus ojos parecían rebosar de un afecto profundo y devoto.
Pero ella sabía que esa devoción nunca le había pertenecido en el pasado, y mucho menos tendría algo que ver con ella en el futuro.
Con el corazón latiendo a mil por hora, Clara desvió la mirada.
Vicente señaló con la barbilla el documento que ella apretaba contra la mesa.
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