—¿Tú qué opinas?
Clara se quedó en silencio.
Los regalos para sus padres, la fruta fresca que mandaba entregar a diario.
Los trescientos millones que dio para el pago de la casa en Residencial Monte Nube.
Y también, la medicina para la fiebre que le trajo a las tres de la madrugada.
Ella no estaba ciega; había notado los cambios en Vicente.
Pero Clara no se atrevía a apostar.
Salvar el matrimonio significaba desviarse drásticamente de la trama principal de su destino, y la única que pagaría las consecuencias al final sería ella.
Clara no quería arriesgarse.
Especialmente ahora, justo antes del incidente en el que ella supuestamente saltaría del edificio.
—¡No lo creo, Vicente! Si hubiera salvación, ya lo habríamos arreglado miles de veces en estos últimos cinco años —Clara retrocedió dos pasos, evitando mirar esos ojos llenos de súplica y esperanza—. Yo... ¡Me voy!
Salió disparada hacia la puerta, sintiendo en la nuca el peso opresivo de la mirada de él.
Clara no se atrevió a mirar atrás y prácticamente corrió hasta meterse al elevador.
En la oficina, Vicente se recargó en su silla, con una expresión sombría y fría.
Mientras el Cullinan salía del estacionamiento, Clara por fin reaccionó.
No se había atrevido a sostenerle la mirada, aterrorizada de dejarse seducir por su innegable atractivo físico si se descuidaba un segundo.
Tenía la cabeza hecha un desastre.
Solo en ese momento Clara recordó algo vital.
¿Dónde quedaba Paulina en todo esto?
Paulina no solo era su primer amor, sino el amor platónico que él siempre había guardado en lo más profundo de su corazón.
¿Acaso Vicente no soñaba con el divorcio para poder correr a los brazos de Paulina?
¿Lo hacía por la anciana Velasco y por los dos niños?
¿O... tenía algún otro propósito inconfesable?
Le dolía la cabeza de tanto pensar. Su mirada se desvió hacia la imponente Torre Velasco que rasgaba las nubes, y hacia la terraza en construcción del último piso.
Clara se tranquilizó en un segundo.
Qué le importaba a ella lo que él estuviera pensando.
Primero tenía que preocuparse por su propia supervivencia.
Clara regresó a Residencial Los Olivos y, apenas abrió la puerta, vio a Andrés.
Hecho un ovillo en el sofá, Andrés sostenía su gruesa enciclopedia. Parecía estar leyendo muy concentrado, pero en realidad, cada poro de su cuerpo irradiaba pura impaciencia por su llegada.
Pero Camilo se había excluido a sí mismo de la ecuación.
Clara estaba muy confundida.
—¿Por qué?
Desde que el carrito de golf del complejo salió de la sala de ventas y entró al residencial, los ojos de su madre habían brillado de emoción.
No había dejado de mirar los manzanos frente a la cascada, y había caminado del brazo de su padre por aquel sendero de piedras una y otra vez.
Y Mauricio estaba igual.
Había señalado la enorme habitación junto al dormitorio principal del primer piso, diciendo que la convertiría en su estudio para poner todas sus reliquias.
Claramente ambos estaban encantados. Por eso Camilo había firmado el apartado tan rápido.
¿Por qué de repente ya no lo querían?
—¿Mamá y papá te dijeron por qué? —preguntó Clara.
Desde que Camilo había aparecido y llamado a Clara, Selena había parado las orejas.
Al alzar la vista ahora, se encontró directamente con la mirada gélida y sombría de Camilo.
Era como si él supiera exactamente lo que ella había hecho.
A Selena se le cortó la respiración y el corazón casi se le detiene.

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