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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 177

Frecuencia cardíaca: 60.

Presión sistólica: 108.

Presión diastólica: 70.

Saturación de oxígeno: 98.

——

En el monitor cardíaco junto a la cama, el ritmo subía y bajaba formando una curva verde y constante. No era como en las novelas, donde un pitido largo y agudo marcaba una línea plana e irreversible.

Vicente volvió a mirar el rostro de la anciana; el interior de su mascarilla de oxígeno estaba ligeramente empañado por una tenue neblina blanca.

Obviamente, no había fallecido. Simplemente se había quedado dormida.

Con las lágrimas aún prendidas de sus pestañas y mejillas, Vicente se quedó mirándola fijamente, atónito. Le tomó un buen rato asimilar lo que pasaba.

Temiendo que él decidiera asesinarla por haber presenciado su momento más vulnerable y patético, Clara se levantó rápidamente.

—Iré a ver a los niños —soltó, y salió corriendo tras levantar la cortina.

—Clara, ¿cómo está la abuela?

—Sí, ¿por qué está todo tan callado? ¿No nos ha llamado para que entremos?

—Exacto...

Todos hablaban al mismo tiempo en el patio. Clara mantuvo una calma inquebrantable.

—¡La abuela se quedó dormida! Ya pueden irse a descansar.

¿Qué?

—¿Cómo es posible? Nos estás mintiendo, ¿verdad?

—Yo...

Las miradas en el patio estaban llenas de sospecha, como si creyeran que Clara y Vicente intentaban ocultar la muerte de la matriarca para apoderarse de las acciones del Grupo Velasco.

Apenas el murmullo comenzaba a subir de tono, la cortina se abrió y salió la señora Elvia.

—Les agradezco a todos haber venido a estas horas de la noche, pero la señora ya está descansando. Si tienen algo más que decir, lo discutiremos mañana por la mañana.

Aunque Elvia era una empleada, había servido a la abuela toda su vida, y en los últimos años actuaba prácticamente como su portavoz.

Si ella lo decía, era evidente que la anciana estaba a salvo.

Además, Vicente seguía adentro de la habitación.

Los familiares se miraron unos a otros, maldiciendo en sus mentes, pero sin atreverse a mostrar una pizca de enojo en sus rostros. Finalmente, empujándose y murmurando, se marcharon.

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