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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 71

En el amplio asiento trasero se habían instalado dos sillas de seguridad para niños.

Evidentemente, ese auto había sido preparado especialmente para ella.

Clara se sintió muy sorprendida.

El celular sonó de repente.

—¿Hola?

—El vehículo está modificado. Además de la seguridad reforzada, le instalaron un sistema de localización por GPS...

Al otro lado de la línea, la voz de Vicente sonaba casual, con un toque de ronquera perezosa, como si estuviera a punto de dormir.

¿Qué?

Clara miró la hora; era el momento perfecto para una siesta.

¿Y Paulina?

¿Ya se había ido? ¿O seguía ahí a su lado?

A Clara de verdad le encantaría entrevistar a los involucrados para saber qué pasaba por sus mentes en ese preciso instante.

Pero el auto nuevo estaba justo frente a sus ojos, el aroma a cuero fresco le acariciaba la nariz y ni siquiera había tocado el volante todavía.

Clara parpadeó.

—¡Entendido, muchas gracias!

Se escuchó un roce al otro lado de la línea; parecía que Vicente se reía.

Esa risa profunda le vibró en el tímpano, dándole la extraña sensación de que estaba coqueteando con ella. Sin pensarlo dos veces, Clara soltó lo primero que se le vino a la mente.

—¿Y Paulina?

Teniendo a la mujer de su vida a un lado, ¿no era inapropiado que estuviera llamando a su exesposa?

Hubo un silencio sepulcral en la línea. Clara se dio cuenta de su error y se mordió la lengua.

—Clara... —La voz del hombre sonó amenazante, pero se detuvo justo después de decir su nombre.

Tras un largo rato, suspiró con impotencia.

—¿Cuándo será el día en que escuche algo amable salir de tu boca?

¿Qué le pasaba?

¿Quería escuchar palabras dulces de su exesposa?

Amigo, ¿te sientes bien?

Clara se quedó parpadeando, estupefacta.

¡Pip!

Le había colgado.

Qué tipo tan raro.

Sin ganas de analizar qué quería decir, Clara volvió a centrar toda su atención en el auto nuevo.

Si Vicente decía que estaba modificado, seguro era a prueba de balas.

De ahora en adelante, cuando saliera con sus dos hijos, el nivel de seguridad sería altísimo.

Le hizo una llamada a Segundo para pedirle que llevara su auto anterior a la Mansión de la Colina, y luego Clara encendió el GPS.

Solo había una dirección guardada.

—¡Buenas tardes, señora! Soy el profesor de historia de Andrés. Puede llamarme profesor Díaz.

—¡Hola, profesor Díaz! ¿Estaban en clase? ¿No los interrumpí?

—No, para nada. Justo estábamos en nuestro descanso.

Tras saludar, el profesor volvió al estudio.

Clara avanzó y vio a un empleado doméstico salir de la cocina.

Y, por la ventana, notó al mayordomo regando las plantas en el patio trasero.

Al darse la vuelta, Andrés ya estaba a su lado.

—¿A qué viniste? ¿Te mandó papá?

—¿Tú qué crees? —Clara le revolvió el cabello, se agachó y lo miró a los ojos—. ¿Qué tal? ¿Ya te adaptaste? ¿Quieres volver a casa?

En la otra casa, él solo tenía que tomar dos clases de matemáticas y una de inglés hablado.

El resto del tiempo podía jugar con Legos, leer, dibujar o volar cometas en el jardín; todo dependía de su estado de ánimo.

Pero ahora se había mudado a Residencial Los Olivos.

Apenas se había mudado ayer y ya le habían sumado una clase de historia.

Y a saber cuántas más le agregarían en el futuro.

Solo de pensar que su pequeño niño serio terminaría convertido en un témpano de hielo por tanta presión académica, igualito a Vicente, se le partía el corazón.

Clara sintió pena y culpa a la vez.

—Si quieres, puedo...

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