—¡Estoy muy bien! —la interrumpió Andrés—. ¡Con que cuides bien a Silvia es suficiente!
Clara no se dio por vencida.
—¿Acaso no la extrañas?
—¡Si no hubieras venido, habría regresado a jugar con ella apenas terminara mi clase de matemáticas esta tarde!
Clara se quedó sin palabras.
—Lo siento, te distraje de tus clases.
Clara se puso de pie, con la intención de echar un vistazo por el lugar.
De inmediato, Andrés habló rápido.
—¿Ya... ya te vas?
Por un momento no supo si él tenía prisa por echarla o si en realidad no quería que se fuera. Clara parpadeó.
—Entonces... ¿me das un recorrido?
—Está bien —accedió él rápidamente, aunque con una expresión orgullosa. Andrés se dio la vuelta y señaló las habitaciones de la planta baja—. Esa es la habitación principal de papá, ese es el estudio...
El segundo piso tenía la habitación de Andrés, su sala de juegos y su salón de clases.
En el tercer piso estaban la sala de cine, el gimnasio y una habitación que estaba bajo llave, a la cual nadie tenía permitido entrar. Era una especie de zona prohibida.
—En esa habitación está estrictamente prohibido entrar. Papá dijo que si alguien entra sin permiso, las consecuencias serán muy graves —enfatizó Andrés con el rostro muy serio.
Clara tuvo la extraña sensación de que él estaba genuinamente preocupado de que ella se metiera ahí.
Con una sonrisa traviesa, Clara le preguntó:
—¿Puedo interpretar esto como que... te preocupas por mí?
—¡Claro que no! —El pequeño se alteró en un segundo—. ¡Tengo que ir a clases! ¡Sigue mirando por tu cuenta! Y te lo advierto, ¡nada de andar husmeando por ahí!
Dicho esto, el pequeño salió corriendo escaleras arriba y entró al estudio sin mirar atrás.
La voz suave del maestro comenzó a sonar; la clase había retomado.
Clara no subió al segundo piso.
Regresó a la Mansión de la Colina, justo a tiempo para ver a Silvia despertar de su siesta.
Jugó un rato a las casitas con ella y vieron un par de dibujos animados.
Al caer la tarde, se escuchó el sonido del ascensor. Clara y Silvia levantaron la vista al mismo tiempo y vieron salir corriendo a Andrés.
—¡Andrés!
Silvia se le echó encima.
El sol brillaba perfecto y la brisa era suave. Clara sacó unas cometas, unos discos voladores y una pelota de yoga del cuarto de almacenamiento, y llevó a los dos niños a jugar al césped del patio trasero.
Cuando Vicente regresó, lo que se encontró fue una tarde hermosa y una escena conmovedora: Clara y los dos niños riendo a carcajadas.

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