—¡Ya comí!
Desde su gran sillón de cuero, Vicente hojeaba unos documentos sin siquiera levantar la mirada.
—Cómetelo tú.
¿Ya... ya comió?
¿Se comió lo que le trajo Clara?
Con razón esa mujer sonreía de oreja a oreja.
—Vicente, tú y Clara ya están separados, ¿por qué sigue viniendo a tu empresa?
La pregunta de Paulina flotó en el aire.
Vicente levantó la vista de golpe, fulminándola con la mirada.
—¿Qué estás tratando de decir con eso?
—Yo...
—Aunque estemos separados, mientras no haya un divorcio oficial, ella sigue siendo la señora Velasco. Y como dueña y señora de esta empresa, ¿por qué no podría venir a visitarla?
Paulina se quedó sin palabras.
Una mezcla de coraje y tristeza la invadió; quería explicarle que no lo había dicho con mala intención.
Levantó la mirada y notó la mandíbula tensa de Vicente. Cuando él volvió a bajar la vista para firmar el documento, apretó la pluma con tanta fuerza que el rasgueo sobre el papel sonó fuerte y brusco en el silencio de la habitación.
¿Vicente está... enojado?
Sí, sin lugar a dudas, estaba enojado con ella.
Si ella no lo hubiera rechazado hace cinco años para irse a estudiar a París, si hubiera aceptado su declaración de amor, ella sería la señora Velasco hoy.
Estarían de pie, hombro con hombro, como la pareja perfecta.
En toda la alta sociedad de Valle Dorado, ya fuera en eventos públicos o en reuniones exclusivas, habrían sido el centro de todas las miradas.
Y él jamás tendría que soportar habladurías ni especulaciones por culpa de una mujer como Clara.
¡Me está guardando rencor!
Llegar a esa conclusión llenó a Paulina de una emoción abrumadora. Cuando volvió a hablar, su voz era tan suave y dulce como un susurro.
—Vicente, sé que cometí un error. Lo siento mucho...
Vicente soltó la pluma y le respondió con evidente fastidio.
—Aparte de traerme comida, ¿se te ofrece algo más?
Paulina se quedó mirando su rostro, que parecía aún más maduro y varonil debido a su profunda concentración. Las palabras «nada más» que estaba a punto de pronunciar se transformaron rápidamente.
—El proyecto del que Kevin te habló la última vez... el Grupo Quezada acaba de tomarlo...
Vicente levantó la vista, desaprobando de inmediato.
Los ojos de Paulina brillaron con determinación.
—Vicente, ya sé que a ti no te convence ese proyecto, pero te voy a demostrar que sí vale la pena. ¡Te voy a demostrar de lo que soy capaz!
Clara era una inútil, no había logrado nada en su vida. Era como un parásito aferrado a la fortuna de Vicente.

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